¡Oh cuerpo mío de enamorada, te has hecho diáfano al esperar al muy amado! ¡Pero ya está aquí! ¡El ardor de mis mejillas, bajo las lágrimas, se endulza con la brisa de su llegada!
¡Oh noche bendita al lado de mi amigo, das á mi corazón más dulzura que todas las noches de mi destino!
¡Oh noche que aguardaba! ¡Mi muy amado me enlaza con su brazo derecho, y yo, con el izquierdo, le envuelvo alegre!
¡Le envuelvo, y con mis labios aspiro el vino de su boca, mientras sus labios me vacían por completo! ¡Así me apodero de la colmena y de toda la miel!
Cuando oyeron este canto, sintieron los tres un goce tan grande, que gritaron desde el fondo de su pecho: «¡Yz leil! ¡Ya salam! ¡Estas son las palabras deliciosas!»
Después el joyero Amín, suponiendo que su presencia ya no era necesaria, y en el colmo del placer al ver á los dos amantes uno en brazos de otro, se decidió á dejarlos solos en la casa para no exponerse á molestarlos, y se retiró discretamente. Emprendió el camino de su casa, y con el ánimo completamente tranquilo se acostó pensando en la felicidad de sus amigos. Y durmió hasta por la mañana.
Pero al despertarse vió delante de él á su esclava negra, con la cara trastornada por el espanto. Y cuando abría la boca para preguntarle lo que le había pasado, la negra le señaló con silencioso ademán á un vecino que estaba á la puerta aguardando que despertase.
El vecino se acercó á una señal de Amín, y después de saludarle le dijo: «¡Oh mi vecino, vengo á consolarte por la espantosa desgracia que ha caído esta noche sobre tu casa!» El joyero exclamó: «¡Por Alah! ¿De qué desgracia hablas?» Y el hombre dijo: «Puesto que no te has enterado todavía, sabe que esta noche, apenas habías vuelto á tu casa, unos ladrones cuya primera hazaña no debe de ser ésta, y que probablemente te habrían visto la víspera trasladar á tu segunda casa cosas preciosas, han aguardado que salieras para precipitarse dentro de la casa, donde no pensaban encontrar á nadie; pero vieron á unos huéspedes que habías alojado allí esta noche, y probablemente los habrán matado y hecho desaparecer, pues no se ha podido dar con sus huellas. En cuanto á la casa, los ladrones la han saqueado por completo, sin dejar ni una estera ni un almohadón. ¡Y está ahora más limpia y vacía que nunca!»
Al oir esto, el joven Amín levantó los brazos lleno de amargura: «¡Qué desgracia tan grande! ¡Mis bienes y todos los objetos que me habían prestado los amigos se han perdido sin remisión! ¡Pero esto no vale nada comparado con la pérdida de mis huéspedes!» Y enloquecido, descalzo y en camisa, corrió á su segunda casa, seguido de cerca por el vecino, que trataba de consolarle. ¡Y vió, efectivamente, que las habitaciones resonaban como casa vacía! Entonces se desplomó llorando, prorrumpiendo en suspiros, y luego exclamó: «¿Y qué haré ahora, vecino?» El vecino contestó...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.