Por su parte, el joyero Amín fué á avisar al príncipe Alí ben-Bekar, después de haber colocado flores frescas en los jarrones y llenado las bandejas con manjares de todas clases, pasteles, dulces y bebidas, y colocando ordenadamente junto á la pared los laúdes, guitarras y demás instrumentos. Entró en casa del príncipe Alí, á quien encontró más animado con la esperanza que había infundido en su corazón. Y la alegría del joven fué muy grande al saber que dentro de poco iba á ver á la amada, causante de sus lágrimas y de su dicha. Y desaparecieron todas sus penas y pesares, y su rostro se iluminó en seguida, adquiriendo mayor gentileza y más simpática dulzura.
Y por su parte, Amín le ayudó á vestirse el traje más magnífico, y después, sintiéndose tan fuerte como si nunca hubiera estado á las puertas de la tumba, emprendió con el joyero el camino de la casa. Cuando entraron en ella, Amín se apresuró á invitar al príncipe á sentarse, y le colocó detrás de la espalda unos almohadones muy blandos, y á su lado, á derecha é izquierda, unas hermosas vasijas de cristal llenas de flores, y le puso entre los dedos una rosa. Y ambos, departiendo tranquilamente, aguardaron la llegada de la favorita.
Apenas habían transcurrido unos instantes, llamaron á la puerta, y Amín corrió á abrir, y volvió en el acto seguido de dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 163.ª NOCHE
Ella dijo:
...dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra. Y era la hora del llamamiento á la oración, en los alminares, al ponerse el sol. Y cuando fuera la voz extática de los muecines invocaba las bendiciones de Alah sobre la tierra, Schamsennahar se levantó el velo ante los ojos de Ben-Bekar.
Y al verse ambos amantes, cayeron desvanecidos, y tardaron como una hora en reponerse. Cuando por fin abrieron los ojos, se miraron silenciosa y largamente, sin llegar á poder expresar de otro modo su pasión. Y cuando tuvieron bastante dominio de sí mismos para poder hablar, se dijeron palabras tan dulces, que la esclava y el joven Amín no pudieron menos de llorar en su rincón.
Pero no tardó el joyero Amín en suponer que era hora de servir á sus huéspedes, y ayudado por la esclava, se apresuró á llevarles en primer lugar los perfumes agradables, que los prepararon para probar las viandas, las frutas y las bebidas, que eran abundantes y de primera calidad. Después Amín les echó agua en las manos y les ofreció las toallas de flecos de seda. Y entonces, completamente repuestos de su emoción, pudieron empezar á disfrutar realmente de la dicha de verse reunidos. Y Schamsennahar dijo á la esclava: «¡Dame ese laúd, para que cante la pasión inmensa que grita dentro de mi alma!» Y la confidente le presentó el laúd, que Schamsennahar se puso sobre las rodillas, y después de haberlo templado rápidamente, preludió una melodía. Y el instrumento, manejado por sus dedos, sollozaba y reía, como si hablase su alma, extasiando á todos. Y con la mirada perdida en los ojos de su amigo, Schamsennahar cantó: