Y como lo había previsto, en cuanto la confidente manifestó á la favorita la imposibilidad en que se encontraba el joyero de ir á palacio, Schamsennahar se levantó, y envolviéndose en su gran velo de seda, siguió á su esclava, olvidando la debilidad que hasta entonces la había paralizado en los almohadones. La confidente fué la primera que entró en la casa para enterarse de si su señora se expondría á que la viesen los esclavos ó gente extraña, y preguntó á Amín: «¿Habrás echado fuera á los criados?» Y él contestó: «Vivo solo aquí, con una negra vieja que me arregla la casa.» Ella dijo: «¡De todos modos, hay que evitar que entre aquí ahora!» Y ella misma fué cerrando todas las puertas, y corrió después á buscar á la favorita.

Schamsennahar entró, y á su paso las salas y corredores se llenaban milagrosamente con el perfume de sus vestidos. Y sin decir palabra ni mirar en derredor, fué á sentarse en el diván, y se apoyó en los cojines que el joven joyero se apresuraba á colocar detrás de ella. Y así permaneció inmóvil, durante un buen rato, muy débil y sin poder apenas respirar. Por fin, cuando hubo descansado de aquella larga caminata, pudo levantarse el velillo y despojarse del manto. Y el joven joyero, deslumbrado, creyó que el mismo sol había entrado en su casa. Schamsennahar le miró un instante y le preguntó al oído á la esclava: «¿Éste es el joven de quien me has hablado?» Y cuando la esclava le contestó afirmativamente, la favorita dirigió un expresivo saludo al joyero. Y éste contestó: «¡Loado sea Alah! ¡Plegue á Alah guardarte y conservarte como el perfume en el oro!» Ella le preguntó: «¿Eres casado ó soltero?» Él contestó: «¡Por Alah! ¡Soltero, oh mi señora! Y no tengo padre, ni madre, ni pariente alguno. De modo que no tendré más ocupación que consagrarme á servirte, y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 162.ª NOCHE

Ella dijo:

»...y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Sabe, además, que pongo por completo á tu disposición, para tus entrevistas con Ben-Bekar, una casa que me pertenece, en donde nadie habita, y que está situada enfrente de esta en que vivo. ¡Voy á amueblarla en seguida, para que os reciba dignamente y no os falte nada!» Entonces Schamsennahar le dió expresivas gracias, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Mi destino es muy dichoso por haber tenido la suerte de encontrar un amigo tan adicto como tú! ¡Ahora me explico lo que vale la ayuda de un amigo desinteresado, y cuán delicioso es encontrar el oasis del reposo después del desierto de la tristeza! Cree que sabré demostrarte un día que conozco el precio de la amistad. ¡Mira á mi confidente, oh Amín! ¡Es joven, dulce y exquisita; pues te aseguro que á pesar de cuanto he de sentir separarme de ella, te la regalaré para que te haga pasar noches de luz y días de frescura!» Y Amín miró á la joven y le pareció que era muy agradable, en efecto, y que, además de ojos perfectamente hermosos, tenía nalgas absolutamente maravillosas.

Schamsennahar prosiguió: «¡Tengo en ella una seguridad ilimitada! ¡No temas confiarle cuanto te diga el príncipe Alí! ¡Y quiérela, porque tiene cualidades que refrescan el corazón!» Y Schamsennahar, dichas estas cosas al joyero, se retiró seguida de su confidente, que se despidió de su nuevo amigo con una sonrisa.

Cuando se hubieron alejado, el joyero Amín corrió á su tienda y sacó todos los jarrones, todas las copas cinceladas y todas las tazas de plata, y las llevó á la casa donde habían de verse los amantes. Después visitó á sus conocidos, y á unos les pidió prestadas alfombras, á otros almohadones de seda y á otros vajilla y bandejas. Y de esta suerte acabó por amueblar magníficamente la casa.

Después de ordenarlo todo, y cuando se hubo sentado un momento para contemplarlo, vió entrar á su amiga la joven confidente de Schamsennahar. Ésta se le acercó meneando gentilmente las caderas, y le dijo después de las zalemas: «¡Oh Amín! Mi ama te envía su saludo de paz, y te repite las gracias, y te dice que ya está consolada del todo. Me encarga además que avises á su amante de que el califa ha marchado del palacio y que ella podrá venir aquí esta noche. Avisa, pues, al príncipe Alí, y estoy segura de que esta noticia acabará de restablecerle y le devolverá las fuerzas y la salud.» Dichas estas palabras, la joven se sacó del seno una bolsa llena de dinares y se la alargó á Amín, diciéndole: «Mi ama te ruega que gastes todo lo que sea necesario, sin escatimar nada.» Pero Amín rechazó la bolsa, diciendo: «¿Valgo tan poco á los ojos de tu dueña, ¡oh joven esclava! que quiere recompensarme con ese oro? Dile que Amín está pagado de sobra con el oro de sus palabras y la mirada de sus ojos.» Entonces la joven se guardó la bolsa, muy satisfecha por el desinterés demostrado por Amín, y corrió á contárselo á Schamsennahar y á avisarla de que todo estaba preparado. Después la ayudó á bañarse, peinarse, perfumarse y vestirse con sus mejores ropas.