En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 161.ª NOCHE
Ella dijo:
»...el secreto que se me ha confiado. Al contrario, si mis palabras han podido convenceros, no hay sacrificio al cual no esté dispuesto para seros grato, pues emplearé todos los medios que pueda para proporcionaros la satisfacción que deseáis, y hasta os ofrezco mi casa para que recibáis en ella ¡oh mi señor! á la hermosa Schamsennahar.»
Cuando el joven joyero hubo dicho estas palabras, el príncipe Alí sintió tal alegría que notó que las fuerzas le reanimaban el alma, é incorporándose besó al joyero, y le dijo: «¡Alah te ha enviado, ¡oh Amín! ¡Por eso me confío á ti enteramente y sólo espero mi salvación de tus manos!» Volvió á repetirle las gracias, y se despidió de él llorando de alegría.
Entonces el joyero se retiró con la joven. La condujo á su casa, y le dijo que en lo sucesivo allí tendrían sus entrevistas los dos, lo mismo que la que proyectaba entre el príncipe Alí y Schamsennahar. Y la joven, después de haber aprendido el camino de la casa, no quiso diferir por más tiempo el enterar á su ama de lo ocurrido. Prometió, pues, al joyero volver al día siguiente con la contestación de Schamsennahar.
Y efectivamente, al otro día llegó á casa de Amín, y le dijo: «¡Oh Amín! Mi señora ha llegado al límite de la alegría al saber lo bien dispuesto que estás en nuestro favor. Y me encarga que venga en tu busca para llevarte á sus aposentos de palacio, donde quiere darte personalmente las gracias por tu espontánea generosidad y por tu interés hacia unas personas cuyos designios nada te obligaba á proteger.»
El joyero, al oir estas palabras, en vez de demostrar prisa por satisfacer el deseo de la favorita, se sintió sobrecogido de un gran temblor, se puso muy pálido, y acabó por decir á la joven: «¡Oh hermana mía! Ya veo que ni Schamsennahar ni tú habéis pensado bien el paso que me pedís. Olvidáis que soy un hombre del vulgo y que carezco de la amistad que poseía Abalhassan con los eunucos de palacio. Yo no conozco para nada las costumbres de esas gentes. ¿Cómo he de atreverme á marchar á palacio, cuando me asombraba el oir los relatos de las visitas de Abalhassan? ¡Me falta valor para desafiar ese peligro! Pero puedes decirle á tu ama que mi casa es el sitio más á propósito para las entrevistas; y que si se digna venir, podremos conversar á gusto, sin riesgo alguno.» Pero como la joven le instase para que la siguiera y hasta le había decidido á levantarse, le sobrecogió de pronto tal temblor, que se le doblaban las piernas. Y entonces la esclava tuvo que ayudarle para que se sentase de nuevo, y le dió á beber un vaso de agua fresca, á fin de que se tranquilizase.
Y cuando vió que era imprudente insistir, la esclava dijo: «Tienes razón. Mucho mejor es, en interés de todos, decidir á Schamsennahar á que venga aquí. Voy á intentarlo, y seguramente la traeré. ¡Aguárdanos sin moverte para nada!»