Al oir estas palabras, contestó el joven joyero: «Verdaderamente, ¡oh Abalhassan! tu resolución es muy cuerda, y la única que un hombre avisado puede concebir á poco que reflexione. ¡Alah te muestre el mejor camino para salir de este mal paso! ¡Y si mi auxilio puede decidirte á partir, heme aquí pronto á ocupar tu puesto y á servir á tu amigo Ben-Bekar con mis ojos!» Abalhassan dijo: «Pero ¿cómo te las vas á componer si no conoces á Alí ben-Bekar, ni estás en relaciones con el palacio ni con Schamsennahar?» Amín respondió: «En cuanto al palacio, ya he tenido ocasión de vender allí alhajas, precisamente por mediación de la joven confidente de Schamsennahar. Y respecto á Alí ben-Bekar, nada me será tan fácil como conocerle é inspirarle confianza. Tranquilízate, pues, y si quieres marcharte, no te preocupes de lo demás, ¡que Alah, como dueño de todas las puertas, sabe abrir cuando le place todas las entradas.» Y dichas estas palabras, el joyero Amín se despidió de Abalhassan, y se fué por su camino...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 160.ª NOCHE

Ella dijo:

...se despidió de Abalhassan, y se fué por su camino.

Y he aquí que á los tres días se dispuso á visitarle, pero encontró la casa completamente vacía. Entonces preguntó á los vecinos, y le contestaron: «Se ha ido á Bassra, pero nos ha dicho que su ausencia será corta, pues apenas cobre el dinero que le deben unos parroquianos volverá á Bagdad.» Comprendió entonces que Abalhassan había acabado por ceder á sus terrores, y había creído más prudente desaparecer, por si la aventura amorosa llegaba á oídos del califa. Y he aquí que al principio no supo Amín qué era lo más conveniente, hasta que al fin se dirigió hacia la casa de Ben-Bekar. Allí rogó á uno de los esclavos que le llevase á presencia de su señor, y el esclavo le hizo entrar en el salón en donde estaba Ben-Bekar tendido en unos almohadones y muy pálido. Le deseó la paz, y Ben-Bekar le devolvió el saludo. Entonces le dijo: «¡Oh mi señor! Aunque mis ojos no hayan tenido el gusto de conocerte hasta ahora, vengo en primer lugar á pedirte perdón por no haber venido antes á saber de tu salud. Y después he de enterarte de una cosa que te será desagradable, pero también traigo el remedio que te lo hará olvidar todo.» Y Ben-Bekar, trémulo de emoción, le preguntó: «¡Por Alah! ¿Qué cosas más desagradables pueden sorprenderme ahora?» Y el joven joyero dijo: «Sabe ¡oh mi señor! que he sido el confidente de tu amigo Abalhassan, y que nunca me ocultaba cuanto le ocurría. Y he aquí que hace tres días, Abalhassan, quien generalmente venía á verme todas las noches, ha desaparecido. Y como sé que eres amigo suyo, vengo á preguntarte si sabes dónde está y por qué se ha marchado sin decir nada á sus amigos.»

Al oir estas palabras, el pobre Ben-Bekar llegó al límite más extremo de la palidez, de tal modo, que por poco pierde el conocimiento. Al fin pudo decir: «Pues también para mí es nueva la noticia. Ignoraba que se hubiera marchado Ben-Taher. Pero si enviase á uno de mis esclavos á preguntar por él, acaso supiéramos la verdad.» Entonces ordenó á un esclavo: «Ve á casa de Abalhassan ben-Taher y pregunta si está de viaje. Y en este caso, que te digan adonde se marchó.» El esclavo salió en busca de noticias, y volvió al cabo de un rato, y dijo á su amo: «Los vecinos me han contado que Abalhassan se ha marchado á Bassra. En aquella calle he encontrado á una joven que también preguntaba por Abalhassan, y me ha dicho: «¿Eres de la servidumbre del príncipe Ben-Bekar?» Y al contestarle afirmativamente, dijo que tenía que comunicarte una cosa, y me ha acompañado hasta aquí.» Entonces Ben-Bekar exclamó: «¡Que entre en seguida!»

Y á los pocos momentos entró la joven, y Ben-Bekar conoció á la confidente de Schamsennahar. La esclava se acercó, y después de las acostumbradas zalemas, le dijo al oído algunas palabras, que le iluminaron y le ensombrecieron el semblante sucesivamente.

Entonces el joven joyero creyó oportuno pronunciar algunas palabras, y dijo: «¡Oh mi señor, y tú, joven esclava! Sabed que Abalhassan, antes de partir, me ha revelado cuanto sabía, y me ha expresado todo su terror al pensar que el asunto pudiese llegar á descubrirlo el califa. Pero yo, que no tengo mujer, ni hijos, ni familia, estoy dispuesto con toda el alma á reemplazarle junto á vosotros, pues me han conmovido profundamente los pormenores que me ha referido acerca de vuestros amores desgraciados. Si aceptáis mis servicios, juro por nuestro Santo Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!) que os seré tan fiel como mi amigo Ben-Taher, pero más firme y constante. Y aunque no aceptarais mi ofrecimiento, no temáis que no sepa callar el secreto que se me ha confiado...