PERO CUANDO LLEGÓ
LA 168.ª NOCHE
Ella dijo:
»...nos pusimos en camino, tomando el del desierto.
»Pero toda cosa que está escrita debe ocurrir; los destinos, bajo un cielo ú otro, han de cumplirse. Y efectivamente, nuestras desdichas habían de continuarse, porque huyendo de un peligro, nos arrojábamos á otro mayor todavía.
»He aquí que al anochecer, mientras íbamos por el desierto y encaminándonos hacia un oasis, cuyo alminar sobresalía entre las palmeras, vimos surgir de pronto, á nuestra izquierda, una cuadrilla de bandoleros, que en un momento nos cercaron. Y como sabíamos muy bien que el único medio para salvar la vida era no intentar resistencia alguna, nos dejamos desarmar y despojar. Los bandidos nos quitaron las bestias con toda la carga, y hasta nos arrebataron la ropa que llevábamos encima, sin dejarnos más que la camisa. Hecho lo cual se alejaron, sin ocuparse más de nuestra suerte.
»Mi pobre amigo el príncipe no era más que una cosa entre mis manos, pues le habían aniquilado por completo tantas emociones repetidas. De todos modos, le pude ayudar á arrastrarse poco á poco hasta la mezquita que había en el oasis, y entramos allí para pasar la noche. El príncipe se arrojó al suelo y me dijo: «¡Aquí voy á morir, ya que Schamsennahar no debe de estar viva á estas horas!»
»En la mezquita estaba rezando un jeque, que al acabar sus devociones nos miró un instante, se nos acercó, y nos dijo con bondad: «¡Oh jóvenes! ¿sin duda sois forasteros y venís á pasar la noche aquí?» Le contesté: «¡Oh jeque, somos unos forasteros á quienes los bandidos del desierto acaban de despojar por completo, sin dejarnos más bienes que la camisa que llevamos encima!»
»Al oir estas palabras, el jeque nos manifestó mucha compasión, y nos dijo: «¡Oh jóvenes, aguardad unos momentos, y seré con vosotros!» Salió, para volver en seguida acompañado de un muchacho que llevaba un paquete. El jeque sacó de allí unos trajes, y nos rogó que nos los pusiéramos, y después dijo: «Venid á mi casa, donde estaréis mejor que en esta mezquita, pues debéis de tener hambre y sed.» Y nos obligó á acompañarle á su casa, á la cual no llegó el príncipe más que para tenderse sin aliento en una alfombra. Y entonces, á lo lejos, como si viniera con la brisa que soplaba por el oasis á través de las palmeras, se dejó oir la voz de alguna pobre que cantaba plañideramente estos versos tristes:
¡Lloraba yo al ver aproximarse el fin de mi juventud! ¡Pero sequé pronto aquellas lágrimas, para no llorar más que la separación de mi amigo!
¡Si el momento de la muerte le parece amargo á mi alma, no es porque sea duro dejar una vida de amarguras, sino por irse lejos de los ojos del amigo!