Mucho quería el rey Schahramán á su hijo, hasta tal punto, que no podía separarse de él un momento. Y como tenía que disipar con exceso sus cualidades y su hermosura, deseaba en extremo no morirse sin verle casado, y disfrutar así de su posteridad. Y un día que le preocupaba más que de costumbre tal idea, se la manifestó á su gran visir, que le dijo: «¡La idea es excelente! Porque el matrimonio suaviza el humor.» Entonces el rey Schahramán dijo al jefe de los eunucos: «¡Ve pronto á decir á mi hijo Kamaralzamán que venga á hablar conmigo!» Y en cuanto el eunuco le transmitió la orden, Kamaralzamán se presentó á su padre, y después de haberle deseado la paz respetuosamente, besó la tierra entre sus manos, con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra á un hijo sumiso para su padre...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 171.ª NOCHE

Ella dijo:

...con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra á un hijo sumiso para su padre.

Entonces el rey Schahramán le dijo: «¡Oh hijo mío Kamaralzamán, mucho desearía no morirme sin verte casado, para alegrarme contigo y ensancharme el corazón con tu boda!»

Al oir estas palabras de su padre, Kamaralzamán cambió de color, y contestó con voz alterada: «Sabe ¡oh padre! que en realidad no siento inclinación alguna al matrimonio, y mi alma no tiene afecto á las mujeres. Pues además de la aversión instintiva que les tengo, he leído en los libros de los sabios tantos ejemplos de sus maldades y perfidias, que llegué á preferir la muerte á su proximidad. Y por otra parte, ¡oh padre mío! escucha lo que á tal respecto dicen nuestros más estimados poetas:

¡Desdichado aquel á quien el Destino dota de una mujer! ¡Está perdido, aunque para encerrarse edifique mil fortalezas de piedras unidas con garfios de acero! ¡Como cañas las sacudirían los ardides de esas criaturas!