¡Ah! ¡Desgraciado de ese hombre! ¡La perfidia posee ojos hermosos, alargados con khol negro, y bellas trenzas abundantes, pero le hará pasar por la garganta tantos pesares, que le cortarán la respiración!
»Otro dice:
¡Me interrogáis acerca de esas criaturas que llamáis mujeres! ¡Sabéis que estoy versado en el conocimiento de sus fechorías, y gastado por toda la experiencia que he adquirido!
¿Qué os diré, ¡oh jóvenes!?... ¡Huid de ellas! ¡Ya veis que mi cabeza ha encanecido! ¡Ya podréis adivinar cuáles fueron los resultados de su amor!
»Y ha dicho otro:
¡Hasta la virgen que se llama nueva, no es más que un cadáver que ni los buitres querrían!
¡De noche crees poseerla, porque ha cuchicheado junto á ti mimosamente secretos que no lo son! ¡Qué error! ¡Mañana pertenecerán á otro sus muslos y sus partes mejor guardadas!
¡Créeme ¡oh amigo mío! que es una posada abierta para todo el que llega! ¡Penetra en ella si quieres; pero al día siguiente sal y vete sin volver la cabeza! ¡Deja para otros el sitio que á su vez habrán de abandonar, si conocen la cordura!
»¡De modo, ¡oh padre! que aunque haya de apenarte mucho, no vacilaré en suicidarme si me quieres obligar á que me case!»
Cuando el rey Schahramán oyó estas palabras de su hijo, quedó en extremo confuso y afligido, y la luz se convirtió en tinieblas ante sus ojos. Pero como quería excesivamente á su hijo y deseaba no ocasionarle penas, se contentó con decirle: «Kamaralzamán, no he de insistir sobre un asunto que, por lo que veo, no te agrada. Pero como todavía eres joven, tienes tiempo para reflexionar, así como para pensar en la alegría que me produciría el verte casado y con hijos.»