Y aquel día no volvió á hablarle del asunto, sino que le mimó y le hizo buenos regalos, y procedió del mismo modo con él durante un año.

Pero pasado el año, lo mandó llamar, como la primera vez, y le dijo: «¿Recuerdas, Kamaralzamán, mi ruego, y has reflexionado sobre lo que te pedí y sobre la felicidad que me causaría que te casaras?» Entonces Kamaralzamán se prosternó delante del rey, su padre, y le dijo: «¡Oh padre mío! ¿Cómo olvidar tus consejos, ni dejar de obedecerte, cuando el mismo Alah me ordena el respeto y la sumisión? Pero por lo que afecta al matrimonio, he reflexionado todo este tiempo, y estoy más resuelto que nunca á no contraerlo, y más que nunca los libros de antiguos y modernos me enseñan á evitar las mujeres á toda costa, pues son taimadas, necias y repugnantes. ¡Líbreme Alah de ellas, aunque sea preciso que me mate!»

Oídas estas palabras, el rey Schahramán comprendió que sería contraproducente todavía insistir más ú obligar á la obediencia á aquel hijo querido. Pero su pesar fué tan grande, que se levantó desolado y mandó llamar aparte al gran visir, á quien dijo: «¡Oh mi visir! ¡qué locos son los padres que desean tener hijos! ¡Sólo dan penas y decepciones! He aquí que Kamaralzamán está más resuelto aún que el año pasado á huir de las mujeres y del matrimonio. ¡Qué desdicha la mía, oh mi visir! ¿Y cómo la remediaremos?»

Entonces el visir inclinó la frente y recapacitó largo rato. Y luego levantó la cabeza y dijo al rey: «¡Oh rey del siglo! He aquí el remedio que vamos á emplear: ten paciencia un año más, y entonces, en vez de hablarle de eso en secreto, reune á todos los emires, visires y grandes de la corte, así como á todos los oficiales de palacio, y delante de todos ellos declárale tu resolución de casarle sin demora. Y entonces no se atreverá á desobedecerte ante la respetable asamblea, y te contestará oyendo y sometiéndose...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 172.ª NOCHE

Ella dijo:

»...y te contestará oyendo y sometiéndose.»

Tanto satisfizo al rey este discurso del visir, que exclamó: «¡Por Alah! ¡Es una idea realizable!» Y demostró su alegría ofreciendo al visir uno de los más bellos ropones de honor. Después de lo cual tuvo paciencia el tiempo indicado, y mandó reunir entonces la asamblea, ordenando que asistiese á ella su hijo Kamaralzamán. Y el joven entró en la sala, iluminándola con su presencia. ¡Y qué lunar en su barbilla! ¡Y qué perfume ¡ya Alah! cuando pasaba! Y cuando se vió delante de su padre, besó tres veces la tierra entre sus manos, y se quedó de pie aguardando que su padre le dirigiera la palabra. El rey le dijo: «¡Oh hijo mío! Sabe que te mandé asistir á esta asamblea sólo para expresarte mi resolución de casarte con una princesa digna de tu categoría, y alegrarme así con mi posteridad antes de fallecer.»