»¡Sus nalgas! ¡oh, oh! ¡me estremezco! ¡Son una masa tan pesada, que obligan á su ama á sentarse cuando se levanta y á levantarse cuando se acuesta! Verdaderamente, ¡oh dueña mía! no puedo darte idea de ellas más que recurriendo á estos versos del poeta:
¡Tiene un trasero enorme y fastuoso, que necesitaría una cintura menos frágil que aquella de que está suspendido!
¡Es, para ella y para mí, origen de tortura incesantes y de alboroto, pues
A ella la obliga á sentarse cuando se levanta, y á mí, cuando pienso en él, me pone el zib siempre erguido!
»¡Tal es su trasero! Y de él se desprenden dos muslos gloriosos, de mármol blanco, sólidos, unidos en lo alto por una corona. Después vienen las piernas y los pies gentiles, y tan pequeños, que me asombra cómo pueden sostener tantos pesos superpuestos.
»En cuanto á su centro, ¡oh Maimuna! á decir verdad, desespero de poder hablarte de él como corresponde, pues es definitivo y absoluto. Por ahora sólo esto mi lengua puede revelarte, pues ni siquiera con ademanes me sería posible hacerte apreciar todas sus suntuosidades.
»Y así es, poco más ó menos, ¡oh Maimuna! la adolescente princesa El-Sett Budur, hija del rey Ghayur...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 179.ª NOCHE