Al ver el rey Schahramán á su visir en aquel estado lamentable, le dijo: «¡Te hallo muy abatido y sin turbante! ¡Y pareces muy mortificado! ¡Bien se ve que ha debido de ocurrirte algo desagradable!» El visir respondió: «¡Lo que me pasa es menos desagradable que lo que le sucede á tu hijo, ¡oh rey!» Éste preguntó: «Pues entonces, ¿qué es?» El visir dijo: «¡No cabe duda de que está completamente loco!»
A estas palabras, el rey vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo: «¡Alah me asista! ¡Dime pronto los caracteres de la locura que ataca á mi hijo!» Y el visir contestó: «¡Escucho y obedezco!» Y refirió al rey todos los pormenores de la escena, sin olvidar cómo escapó de manos de Kamaralzamán.
Entonces el rey se encolerizó en extremo, y gritó: «¡Oh el más calamitoso de los visires! ¡Esta noticia que me anuncias vale tu cabeza! ¡Por Alah! ¡Si es realmente ese el estado de mi hijo, te mandaré crucificar encima del minarete más alto, para enseñarte á no darme consejos tan detestables como los que fueron la primera causa de esta desdicha!» Y se precipitó hacia la torre, y seguido del visir penetró en la habitación de Kamaralzamán.
Cuando Kamaralzamán vió entrar á su padre, se levantó rápidamente en honor suyo, y saltó de la cama, y se quedó respetuosamente delante de él, cruzado de brazos, después de haberle besado la mano, á fuer de buen hijo. Y el rey, contentísimo al ver á su hijo tan pacífico, le echó los brazos con ternura alrededor del cuello y le besó entre los dos ojos, llorando de alegría.
Tras de lo cual le hizo sentarse junto á él, encima de la cama, y se volvió indignado hacia el visir, y le dijo: «¡Ya ves cómo eres el último de los últimos entre los visires! ¿Cómo osaste venir á contarme que mi hijo estaba de esta ó la otra manera, llenando de espanto mi corazón y haciéndome añicos el hígado?» Luego añadió: «¡Además, vas á oir con tus propios oídos las respuestas llenas de sentido común que me dará mi amado hijo!» Miró entonces paternalmente al joven, y le preguntó:
«Kamaralzamán, ¿sabes qué día es hoy?» El otro respondió: «¡Seguramente! Es sábado.» El rey dirigió una mirada llena de ira y triunfo al visir aterrado, y le dijo: «Lo oyes, ¿verdad?» Después prosiguió:
«Y mañana, Kamaralzamán, ¿qué día será? ¿Lo sabes?» El príncipe contestó: «¡Sí, por cierto!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 188.ª NOCHE