En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 191.ª NOCHE

Ella dijo:

...el rey corrió al retrete y vió que, efectivamente, la palangana consabida contenía una cantidad enorme de sangre, y dijo para sí: «¡Este es un indicio de que la contrincante tiene una salud maravillosa y una expansión leal y franca!» Y pensó también: «¡Advierto con certeza en todo esto la mano del visir!» Después volvió apresuradamente junto á Kamaralzamán, exclamando: «¡Veamos ahora la sortija!» Y la cogió, y le dió vueltas y más vueltas, y luego se la devolvió á Kamaralzamán, diciendo: «Es una prueba que me confunde por completo.» Y permaneció una hora sin decir palabra. Después se lanzó de pronto sobre el visir, y le gritó: «¡Tú eres el que ha armado toda esta intriga, viejo alcahuete!» Pero el visir cayó á los pies del rey, y juró, por el Libro Noble y por la Fe, que no se había metido en nada de aquello. Y el eunuco hizo el mismo juramento.

Entonces el rey, que cada vez lo entendía menos, dijo á su hijo: «¡Sólo Alah puede aclarar este misterio!» Pero Kamaralzamán, muy conmovido, replicó: «¡Oh padre mío! ¡te suplico que hagas pesquisas y gestiones para devolverme á la deliciosa joven cuyo recuerdo me alborota el alma, y te conjuro á que tengas compasión de mí y hagas que se la encuentre, ó moriré!» El rey se echó á llorar, y dijo á su hijo: «¡Ya Kamaralzamán! ¡sólo Alah es grande, y sólo él conoce lo desconocido! ¡A nosotros no nos queda sino afligirnos ambos: tú por ese amor sin esperanza, y yo por tu propia aflicción y por mi impotencia para remediarla!»

En seguida el rey, muy desconsolado, cogió de la mano á su hijo y se lo llevó desde la torre hasta el palacio, en donde se encerró con él. Y se negó á ocuparse en los asuntos de su reino para quedarse llorando con Kamaralzamán, que se había metido en la cama lleno de desesperación por amar á una joven desconocida que, luego de tan señaladas pruebas de amor, había desaparecido.

Después el rey, para verse más libre aún de las cosas y gente de palacio y no ocuparse más que en cuidar á su hijo, á quien tanto quería, mandó edificar en medio del mar un palacio, unido sólo á la tierra por una escollera de veinte codos de anchura, y lo hizo amueblar para su uso y el de su hijo. Y ambos lo habitaban solos, lejos del mundo y de las preocupaciones, para no pensar más que en su desgracia. Y á fin de consolarse un tanto, Kamaralzamán no encontraba nada como la lectura de buenos libros acerca del amor y el recitar versos de los poetas inspirados, como los siguientes entre otros mil:

¡Oh guerrera hábil en el combate de las rosas! ¡La sangre delicada de los trofeos que adornan tu frente triunfal tiñe de púrpura tu profunda cabellera, y el vergel natal de todas sus flores se inclina para besar tus pies infantiles!

¡Tan suave es ¡oh princesa! tu cuerpo sobrenatural, que el aire, encantado, se aromatiza al tocarlo; y si la brisa curiosa penetrase debajo de tu túnica, en ella se eternizaría!