A los pocos momentos, Marzauán entró en la sala en que estaba el visir. Y como era bien formado y de aspecto gentil, agradó en seguida al gran visir, que se puso á interrogarle, y pronto se dió cuenta de lo extenso de sus conocimientos y de su cordura. Y dijo para sí: «¡Seguramente debe de estar versado en la medicina!» Y le dijo: «¡Alah te ha guiado hasta aquí para curar á un enfermo á quien quiere mucho su padre...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 196.ª NOCHE

Ella dijo:

«...á un enfermo á quien quiere mucho su padre, y que para todos nosotros es causa de aflicción continua!» Y Marzauán le preguntó: «¿A qué enfermo te refieres?» El otro contestó: «Al príncipe Kamaralzamán, hijo de nuestro rey Schahramán, que habita aquí mismo.»

Oídas estas palabras, Marzauán dijo para sí: «¡El Destino me favorece más de lo que yo esperaba!» Después preguntó al visir: «¿Y cuál es la enfermedad que padece el hijo del rey?» El visir dijo: «Yo creo sencillamente que está loco. ¡Pero su padre afirma que le han hecho mal de ojo ó algo parecido, y se halla á punto de creer una historia extraña que su hijo le ha contado!» Y el visir contó á Marzauán la historia entera desde su origen.

Cuando Marzauán oyó el relato, llegó al límite de la alegría, pues ya no dudó de que el príncipe Kamaralzamán fuera el joven que había pasado la famosa noche con Sett Budur, dejando á su amada un recuerdo tan vivo. Pero se guardó muy bien de explicárselo al gran visir, y sólo le dijo: «¡Estoy seguro de que viendo al joven daré antes con el tratamiento indicado, y gracias al cual le curaré, si Alah quiere!» Y el visir le llevó sin tardanza al aposento de Kamaralzamán.

Y lo primero que llamó la atención de Marzauán al mirar al príncipe fué su parecido extraordinario con Sett Budur. Y tan estupefacto se quedó, que no pudo por menos de exclamar: «¡Ya Alah! ¡Bendito sea Aquel que crea bellezas tan semejantes, dándoles los mismos atributos ó iguales perfecciones!»

Al oir estas palabras, Kamaralzamán, que hallábase tendido lánguidamente en el lecho y con los ojos medio cerrados, los abrió por completo y aguzó el oído. Pero Marzauán, aprovechando aquella atención del príncipe, improvisaba ya los siguientes versos, para darle á entender de una manera embozada lo que ni el rey Schahramán ni el gran visir podían comprender: