Cuentan que en una montaña de entre las montañas del país musulmán había un pastor dotado de una gran cordura y de una fe constante. Este pastor llevaba una vida pacífica y retirada, contentándose con su suerte, y viviendo con la leche y la lana, productos de su rebaño. Y este pastor tenía tanta dulzura y reunía tantas bendiciones, que las bestias feroces nunca atacaban á su rebaño, pues tanto le respetaban, que al verlo de lejos le saludaban con sus gritos y aullidos. Este pastor siguió viviendo así largo tiempo, sin interesarle, para su mayor dicha y tranquilidad, nada de lo que pasaba en las ciudades del universo.

Pero un día Alah el Altísimo quiso probar el grado de su cordura y el valor real de sus virtudes, y no encontró tentación más fuerte que enviarle la beldad de la mujer. Encargó, pues, á uno de sus ángeles que se disfrazase de mujer y no escatimara ninguno de los artificios femeniles para hacer pecar al santo pastor.

Y un día en que el pastor, hallándose enfermo, estaba tendido en su gruta y glorificaba en su alma al Creador, vió entrar de pronto en su albergue, risueña y gentil, á una joven de ojos negros, á quien se podía tomar también por un muchacho. Y al entrar se perfumó la gruta y el pastor sintió que se estremecía su carne de viejo. Pero frunció el ceño y se hizo un ovillo en su rincón, y dijo á la intrusa: «¿Qué vienes á hacer aquí, ¡oh mujer desconocida!? ¡Ni te he llamado, ni me haces ninguna falta!» La joven se acercó entonces, se sentó junto al viejo, y le dijo: «¡Mírame! ¡Todavía no soy mujer, sino virgen, y vengo á ofrecerme á ti, sencillamente por gusto y por lo que he sabido de tu virtud!» Pero el anciano exclamó: «¡Oh tentadora del infierno, aléjate! ¡Déjame entregarme á la adoración de Aquel que no muere!» Entonces la joven movió lentamente las flexibilidades de su cintura, miró al viejo, que trataba de retroceder, y suspiró: «¡Dime! ¿Por qué no me quieres? ¡Te traigo un alma sumisa y un cuerpo á punto de derretirse de deseo! ¡Mira si mi pecho no es más blanco que la leche de tus ovejas! ¡Y si mi desnudez no es más fresca que el agua de la sierra! Toca mi cabellera, ¡oh pastor! ¡Es más sedosa que el vello del cordero al salir del vientre de su madre! ¡Mis caderas son finas y resbaladizas, y apenas se dibujan en mi primera eflorescencia! ¡Y mis senos, que comienzan á hincharse, se estremecerían sólo con que los rozara ligeramente tu mano! ¡Ven! ¡Mis labios, que siento vibrar, se derretirán en tu boca! ¡Mis dientes tienen mordiscos que infunden vida á los viejos moribundos! ¡Ven, que mi miel está pronta á caer gota á gota de todos los poros de mi cuerpo! ¡Ven!»

Pero el viejo, aunque le temblaban todos los pelos de la barba, exclamó: «¡Huye, ¡oh demonio! ó te echaré de aquí con este garrote!»

Entonces la joven celestial le echó frenéticamente los brazos al cuello y le murmuró al oído: «¡Soy un fruto exquisito; cómelo y curarás! ¿Conoces el perfume del jazmín?... ¡Te parecería muy basto si olieras mi virginidad!»

Pero el anciano exclamó: «¡El perfume de la plegaria es el único que perdura! ¡Fuera de aquí, miserable seductora!» Y la rechazó con ambos brazos.

Entonces la joven se levantó, se quitó rápidamente la ropa y se quedó erguida, toda desnuda, blanca, sólo bañada en las oleadas de sus cabellos. Y su mudo llamamiento, en la soledad de aquella gruta, era más terrible que todos los gritos del delirio. Y el viejo no pudo dejar de gemir, y para no ver ya á aquella azucena viviente, se cubrió la cabeza con su manto, y exclamó: «¡Vete, vete, ¡oh mujer de ojos traicioneros! ¡Desde el principio del mundo eres la causa de nuestras calamidades! ¡Perdiste á los hombres de las edades primeras, y siembras la discordia entre los hijos del mundo! ¡El que te escucha renuncia para siempre á los goces infinitos, que sólo podrán disfrutar aquellos que te expulsan de su vida!» Y el viejo ocultó más la cabeza entre los pliegues del manto.

Pero la joven repuso: «¿Qué dices de los antiguos? ¡Los más sabios entre ellos me adoraron, y me cantaron los más severos! ¡Y mi belleza no les hizo desviarse del camino recto, sino que iluminó sus pasos y constituyó la delicia de su vida! ¡La verdadera cordura ¡oh pastor! es olvidarlo todo en mi seno! ¡Vuelve á la sabiduría! ¡Estoy dispuesta á abrirme á ti y á llenarte de la verdadera sabiduría!» Entonces el viejo se volvió del todo hacia la pared, y exclamó: «¡Atrás, engendro de malicia! ¡Te abomino y te rechazo! ¡A cuántos hombres buenos has hecho traición, y á cuántos malvados has protegido! ¡Tu hermosura es falsa! ¡En cambio, al que sabe orar se le aparece una belleza que nunca podrán ver los que te miran! ¡Atrás!»

Oídas estas palabras, la joven exclamó: «¡Oh pastor santo! ¡Bebe la leche de tus ovejas, y vístete con su lana, y reza al Señor en la soledad y en la paz de tu corazón!» Y la visión desapareció.