Entonces, desde todos los puntos de la montaña acudieron hacia el pastor las alimañas silvestres, que besaron la tierra entre sus manos para pedirle su bendición.
En este momento de su narración, Schahrazada se detuvo, y el rey Schahriar, entristecido, le dijo: «¡Oh Schahrazada! El ejemplo del pastor me da verdaderamente en qué pensar. ¡Y no sé si lo mejor para mí sería retirarme á una gruta, y huir para siempre de las preocupaciones de mi reino, y no tener más ocupación que apacentar ovejas! ¡Pero antes quiero oir cómo continúa la Historia de los Animales y las Aves!»
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 148.ª NOCHE
Schahrazada dijo:
Se cuenta en uno de mis libros antiguos, ¡oh rey afortunado! que un martín pescador estaba un día á orillas de un río y observaba atentamente, alargando el pescuezo, la corriente del agua. Pues tal era el oficio que le permitía ganarse la vida y alimentar á sus hijos, y lo ejercía sin pereza, desempeñando honradamente su profesión.
Y mientras vigilaba de tal modo el menor remolino y la ondulación más leve, vió deslizarse por delante de él, y detenerse contra la peña en que estaba observando, un cuerpo muerto de la raza humana. Entonces lo examinó, y viendo que tenía heridas de importancia en todos sus miembros y rastros de lanzazos y sablazos, pensó para sí: «¡Debe ser algún bandido al cual han hecho expiar sus fechorías!» Después levantó las alas y saludó al Retribuidor, diciendo: «¡Bendito sea Aquel que hace servir á los malos después de muertos para el bienestar de sus buenos servidores!» Y se dispuso á precipitarse sobre el cuerpo para arrancarle algunos pedazos y llevárselos á sus crías, y comérselos con ellas. Pero en seguida vió que el cielo se oscurecía por encima de él con una nube de grandes aves de rapiña, como buitres y gavilanes, que empezaron á dar vueltas en grandes círculos, acercándose cada vez más.
Al ver aquello, el martín pescador se sintió sobrecogido del temor de que lo devorasen aquellos lobos del aire, y se apresuró á largarse á todo vuelo lejos de allí. Y pasadas muchas horas se detuvo en la copa de un árbol que se hallaba en medio del río, hacia su desembocadura, y aguardó allí á que la corriente arrastrara hasta aquel sitio el cuerpo flotante. Y muy entristecido, se puso á pensar en las vicisitudes y en la inconstancia de la suerte. Y se decía: «He aquí que me veo obligado á alejarme de mi país y de la orilla que me vió nacer, y en la cual están mis hijos y mi esposa. ¡Ah, cuán vano es el mundo! ¡Y cuánto más vano todavía el que se deja engañar por sus exterioridades, y confiando en la buena suerte vive al día, sin ocuparse del mañana! ¡Si yo hubiese sido más prudente habría hacinado provisiones para los días de necesidad como el de hoy, y los lobos del aire no me habrían asustado al haber venido á disputarme mis ganancias! ¡Pero el sabio nos aconseja la paciencia en tales trances! ¡Tengámosla, pues!»
Y mientras recapacitaba de esta manera, vió á una tortuga que, saliendo del agua y nadando lentamente, avanzaba hacia el árbol en que él se encontraba. Y la tortuga levantó la cabeza, le vió en el árbol, y en seguida le deseó la paz, y le dijo: «¿Cómo es ¡oh pescador! que has desertado del ribazo en que generalmente te hallabas?» El pájaro respondió: