Y al amanecer del día siguiente estaban hechos los preparativos, enjaezados los caballos y cargados los dromedarios y camellos. Entonces el rey Ghayur se despidió de su hija Budur y la recomendó mucho á su esposo, y les regaló numerosos presentes de oro y diamantes, y los acompañó durante algún tiempo. Tras de lo cual regresó á la ciudad, no sin haberles encargado, llorando, que se cuidaran mucho, y les dejó seguir su camino.

Entonces Kamaralzamán y Sett Budur, después del llanto de la despedida, no pensaron más que en la alegría de ver al rey Schahramán. Y viajaron el primer día, y el segundo, y el tercero, y así sucesivamente hasta el día trigésimo. Llegaron entonces á un prado muy agradable, que les gustó hasta el punto de que mandaron armar el campamento allí para descansar un día ó dos. Y no bien estuvo dispuesta y armada junto á una palmera la tienda de Sett Budur, cansada ésta, entró en seguida en ella, tomó un bocado y no tardó en dormirse.

Cuando Kamaralzamán acabó de dar órdenes y de mandar armar las otras tiendas mucho más lejos, para que él y Budur pudieran disfrutar del silencio y la soledad, penetró á su vez en la tienda, y vió dormida á su joven esposa. Y al verla se acordó de la primera noche milagrosa pasada con ella en la torre.

Porque en aquel momento Sett Budur aparecía tendida en la alfombra de la tienda, colocada la cabeza en un almohadón de seda escarlata. No tenía encima más que una camisa de color claro, de gasa fina, y el ancho calzón de tela de Mosul. Y de cuando en cuando la brisa entreabría hasta el ombligo la ligera camisa, y todo el hermoso vientre surgía blanco como la nieve, ostentando en los sitios delicados hoyuelos lo bastante anchos para contener cada uno una onza de nuez moscada.

Y Kamaralzamán, encantado, no pudo dejar de recordar estos versos deliciosos del poeta:

¡Cuando duermes en la púrpura, tu rostro claro es como la aurora, y tus ojos como los cielos marinos!

¡Cuando tu cuerpo, vestido de narcisos y rosas, se yergue ó se alarga flexible, no lo igualaría la palmera que crece en Arabia!

¡Cuando tu fina cabellera, en la cual arden las pedrerías, cae maciza ó se despliega leve, no hay seda que valga lo que su tejido natural!

Después recordó asimismo este poema admirable, que acabó de llevarle al límite del éxtasis:

¡Durmiente! ¡Magnífica es la hora en que las palmas abiertas beben la claridad! ¡Mediodía sin aliento! ¡Un zángano de oro aspira una rosa desfallecida! ¡Sueñas! ¡Sonríes! ¡No te muevas!