Ella dijo:

...y en un giro rápido como el relámpago, se la arrancó de la mano. Después fué á posarse, algo más lejos, en la copa de un árbol alto, y le miró inmóvil y burlona, sujetando con el pico el talismán.

Ante aquel desastroso accidente la estupefacción de Kamaralzamán fué tan honda, que abrió la boca y estuvo largo rato sin poder moverse, pues á su vista pasó todo el dolor con que presentía afligida á Budur al saber la pérdida de una cosa que indudablemente debía estimar mucho. Así es que Kamaralzamán, repuesto de su sorpresa, no vaciló un instante. Cogió una piedra y corrió hacia el árbol en que se había posado el ave. Llegó á la distancia necesaria para tirarle la piedra al ladrón, y ya levantaba la mano apuntándole, cuando el ave saltó del árbol y fué á posarse en otro algo más lejano. Entonces Kamaralzamán la persiguió, y el ave voló y fué al tercer árbol. Y Kamaralzamán dijo para sí: «¡Ha debido ver que llevo una piedra en la mano! Voy á tirarla para que comprenda que no quiero hacerle daño.» Y tiró la piedra á lo lejos.

Cuando el ave vió que Kamaralzamán tiraba la piedra, saltó al suelo, pero manteniéndose de todos modos á cierta distancia. Y Kamaralzamán pensó: «¡Ahí me está esperando!» Y se acercó á ella con rapidez, pero al ir á tocarla con la mano, el ave saltó algo más lejos. Y Kamaralzamán saltó detrás de ella. Y el ave saltó y Kamaralzamán saltó, y el ave saltó y Kamaralzamán saltó, y así sucesivamente, horas y horas, de valle en valle y de collado en collado, hasta que anocheció. Entonces Kamaralzamán exclamó: «¡No hay más recurso que en Alah Todopoderoso!» Y se paró, sin aliento. Y el ave también se paró, pero algo más lejos, en la cima de un montecillo.

En aquel momento, Kamaralzamán notó humedad en la frente, más de desesperación que de cansancio, y pensó que tal vez haría mejor en regresar al campamento. Pero dijo para sí: «Mi amada Budur sería capaz de morirse de pena si le anunciase la pérdida irremediable de este talismán, de virtudes desconocidas para mí, pero que para ella deben ser esenciales. Y además, si me volviera ahora que la niebla es tan densa, me expondría á extraviarme ó á que me atacasen las alimañas nocturnas.» Sumido entonces en pensamientos tan desconsoladores, no sabía qué resolución tomar, y se tendió en el suelo, llegando al límite del aniquilamiento. Pero no dejó de observar al ave, cuyos ojos brillaban de una manera extraña en la oscuridad; y cada vez que hacía un ademán ó se levantaba pensando sorprenderla, el ave sacudía las alas y daba un chillido como para avisarle que le veía. De modo que Kamaralzamán, vencido por la fatiga y la emoción, se dejó dominar del sueño hasta por la mañana. Y en cuanto despertó, decidió pillar á todo trance al ave ladrona, y empezó á perseguirla; y se repitió la misma carrera, con igual resultado que en la víspera. Y Kamaralzamán, cuando anocheció, empezó á golpearse, exclamando: «¡La perseguiré mientras me quede un hálito de vida!» Y recogió algunas plantas y hierbas, conformándose con alimentarse de ellas. Y se durmió, acechando al ave, y acechado también por los ojos que brillaban en la oscuridad.

Y al día siguiente se reprodujo la misma persecución, y así continuaron hasta el décimo día, desde por la mañana hasta por la noche; pero al amanecer el undécimo día, atraído sin cesar por el vuelo del ave, Kamaralzamán llegó á las puertas de una ciudad situada junto al mar. Entonces se paró el ave, dejó la cornalina talismánica en el suelo, delante de él, lanzó tres gritos que significaban «Kamaralzamán», volvió á coger la cornalina con el pico, se elevó por el aire, siguió subiendo y alejándose, y desapareció por encima del mar.

Al ver aquello, Kamaralzamán se sintió presa de una ira tal, que se tiró al suelo de bruces, y lloró durante largo rato, sacudido por los sollozos.

Pasadas algunas horas en tal estado de angustia, se decidió á levantarse, y fué hasta el arroyo que corría cerca de allí para lavarse las manos y la cara y hacer sus abluciones; después se encaminó á la ciudad, pensando en el dolor de su amada Budur y en todas las suposiciones que estaría haciendo sobre su desaparición y la del talismán. Y se recitaba poemas acerca de la separación y las penas de amor, como el siguiente, entre otros mil:

Para no escuchar á los envidiosos que me censuraban y me decían: ¡Sufres porque amas á un ser demasiado hermoso! ¡Quien es tan hermoso como ese ser, se antepone á todo amor!

Para no escucharlos, me he tapado todas las aberturas de los oídos, y les he dicho: ¡Lo he escogido entre mil, es verdad! ¡Cuando el Destino nos tiene en su poder, perdemos la vista y hacemos la elección entre tinieblas!