Después Kamaralzamán traspuso las puertas y entró en la ciudad. Empezó á andar por las calles, sin que ninguno de los numerosos habitantes con quienes se cruzaba le mirara con afabilidad, como acostumbran á hacer los musulmanes con los extranjeros. Siguió, pues, su camino, y llegó de tal modo á la puerta opuesta de la ciudad, por la cual se salía para ir á los jardines.
Como encontró abierta la puerta de un jardín más grande que los demás, entró en él, y vió que se le acercaba el jardinero, que fué el primero que le saludó, según la fórmula de los musulmanes. Y Kamaralzamán correspondió á sus deseos de paz, y respiró á gusto oyendo hablar en árabe. Y después del cambio de zalemas, Kamaralzamán preguntó al viejo: «Pero ¿por qué tienen unas caras tan hurañas y unas maneras tan frías, tan heladas y tan poco hospitalarias todos esos habitantes?» El buen anciano contestó: «¡Bendito sea Alah, hijo mío, por haberte sacado sin detrimento de sus manos! Los que habitan en esta ciudad son invasores procedentes de los países negros de Occidente; llegaron un día por mar, desembarcando de improviso, y mataron á todos los musulmanes que vivían en nuestra ciudad. Adoran cosas extraordinarias é incomprensibles; hablan en un lenguaje oscuro y bárbaro, y comen cosas podridas que huelen mal, como el queso corrompido y la caza pasada; y no se lavan nunca, porque al nacer, unos hombres muy feos y vestidos de negro les riegan el cráneo con agua, y esta ablución, acompañada por ademanes extraños, les dispensa de cualquiera otra ablución durante el resto de sus días. De modo que esta gente, para no sentir nunca la tentación de lavarse, empezaron por destruir todo hammam y toda fuente pública, y en el lugar que ocupaban edificaron tiendas servidas por zorras, que venden como bebida un líquido amarillo con espuma, que debe ser de orines fermentados, ó cosa peor todavía. En cuanto á sus mujeres, ¡oh hijo mío! son la calamidad más abominable. Tampoco se lavan, lo mismo que los hombres; pero en cambio se blanquean la cara con cal apagada y cascarones de huevo pulverizados; además, tampoco llevan paño ni pantalón que las libre por abajo del polvo del camino; así es que resulta pestilente acercarse á ellas, y todo el fuego del infierno no bastaría á limpiarlas. He aquí, hijo mío, entre qué gente acabo una existencia que me costó gran trabajo salvar del desastre. ¡Pues aquí donde me ves, soy el único musulmán que queda vivo! ¡Pero demos gracias al Altísimo, que nos hizo nacer con creencias tan puras como el cielo del cual proceden!»
Dichas estas palabras, el jardinero se figuró, por el aspecto cansado del joven, que debía de tener hambre; le llevó á su modesta casa, al fondo del jardín, y con sus propias manos le dio de comer y beber. Después de lo cual le interrogó discretamente por la causa de su llegada...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 208.ª NOCHE
Ella dijo:
...por la causa de su llegada.
Kamaralzamán, lleno de agradecimiento á la bondad del jardinero, no le ocultó nada de su historia, y acabó su relato prorrumpiendo en llanto.
El viejo hizo cuanto pudo por consolarle, y le dijo: «Hijo mío, la princesa Budur te habrá precedido seguramente en el reino de tu padre, el país de Khaledán. Aquí en mi casa encontrarás buena acogida, asilo y reposo, hasta que algún día Alah envíe una nave que pueda transportarte á la isla más cerca de aquí, que se llama la isla de Ébano. Y entonces, como de la isla de Ébano hasta el país de Khaledán la distancia no es muy grande, encontrarás muchos barcos para llegar á él. De modo que desde hoy iré diariamente al puerto hasta que encuentre un mercader que consienta en hacer contigo el viaje á la isla de Ébano, pues para encontrar uno que quisiera ir al país de Khaledán, habría que aguardar años y años.»