Compró algunas provisiones, cerró la puerta del jardín, se llevó la llave consigo, y corrió á escape al puerto, cuando el sol estaba ya muy alto; pero fué para ver que el barco, á toda vela, iba ya obedeciendo al viento favorable hacia alta mar.
Extremado fué el dolor de Kamaralzamán al ver aquello; pero no lo exteriorizó, para que no se riera á costa suya la gentuza del puerto. Y volvió á emprender tristemente el camino del jardín, del cual era ya único heredero y propietario por fallecimiento del anciano. Y en cuanto llegó á la casita, se desplomó en un colchón, y lloró por sí mismo, y por su amada Budur, y por el talismán que acababa de perder por segunda vez.
La aflicción de Kamaralzamán no tuvo límites cuando se vió obligado por el Destino feroz á quedarse hasta fecha desconocida en aquel país inhospitalario; y el pensamiento de haber perdido para siempre el talismán de Sett Budur le desesperaba más, y decía para sí: «¡Mis desdichas empezaron con la pérdida del talismán y volvió la buena suerte cuando lo recobré; y ahora que lo he vuelto á perder, quién sabe las calamidades que me caerán encima!» Sin embargo, acabó por exclamar: «¡No hay más recurso que Alah el Altísimo!» Después se levantó, y para no exponerse á perder las otras diez tinajas que constituían el tesoro subterráneo, fué á comprar otros veinte tarros; puso en ellos las barras y el polvo, y los acabó de llenar con aceitunas hasta arriba, diciendo para sí: «¡Así estarán preparados el día que Alah quiera que me embarque!» Y volvió á regar las legumbres y los árboles frutales, recitando versos muy tristes relativos á su amor hacia Budur. Eso en cuanto á Kamaralzamán.
En cuanto al buque, tuvo vientos favorables, y no tardó en llegar á la isla de Ébano, y fué á fondear precisamente debajo del malecón en que se elevaba el palacio habitado por la princesa Budur con el nombre de Kamaralzamán.
Al ver aquella nave que entraba á toda vela y ondeando el pabellón, Sett Budur sintió vivos deseos de ir á verla, tanto más cuanto que siempre tenía la esperanza de que había de encontrar algún día á su esposo Kamaralzamán embarcado en alguno de los navíos que venían de lejos. Mandó á algunos de sus chambelanes que la acompañaran, y fué á bordo del buque, del cual le dijeron, por otra parte, que venía cargado con ricas mercaderías.
Al llegar á bordo, mandó llamar al capitán, y le dijo que quería ver la nave. Después, cerciorada de que Kamaralzamán no se encontraba entre los pasajeros, preguntó por curiosidad al capitán: «¿De qué viene cargado el barco, capitán?» Éste contestó: «¡Oh, señor! Además de los mercaderes pasajeros, llevamos en el sollado ricas telas, sederías de todos los países, bordados en terciopelo y brocados, telas pintadas, antiguas y modernas, de muy buen gusto, y otras mercancías de valor; llevamos medicamentos chinos é indios, drogas en polvo y en rama, díctamos, pomadas, colirios, ungüentos y bálsamos preciosos; llevamos pedrería, perlas, ámbar amarillo y coral; tenemos también perfumes de todas clases y especies selectas; almizcle, ámbar gris é incienso, almáciga en lágrimas transparentes, benjuí gurí y esencias de todas las flores; tenemos asimismo alcanfor, cilantro, cardamomo, clavo, canela de Serendib, tamarindo y jengibre; finalmente, hemos embarcado en el último puerto aceitunas superiores, de las llamadas «de pájaro», que tienen una piel muy fina y una pulpa dulce, jugosa, del color del aceite rubio...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 225.ª NOCHE