Este consejo fué seguido inmediatamente por Kamaralzamán, que se pasó el día preparando los tarros comprados. Y cuando no le quedaba por llenar mas que uno, dijo para sí: «Este talismán milagroso no está bastante seguro arrollado á mi brazo; pueden robármelo mientras duermo ó perderse de otra manera. ¡Lo mejor es, seguramente, colocarlo en el fondo de este tarro; después lo cubriré con las barras y el polvo de oro, y encima colocaré las aceitunas!» Y en seguida ejecutó su proyecto; y terminado que fué aquello, tapó el último tarro con su tapa de madera blanca, y para distinguirlo de los otros en caso necesario, le hizo una muesca en la base, y después, enardecido por aquel trabajo, grabó con una navaja todo su nombre, Kamaralzamán, en hermosos caracteres enlazados. Concluída tal tarea, rogó á su anciano amigo que avisase á los hombres de la nave para que al día siguiente fueran á recoger los tarros. Y el viejo desempeñó en seguida el encargo, y regresó á casa un tanto fatigado, y se acostó con un poco de calentura y algunos escalofríos.

A la mañana siguiente, el anciano jardinero, que en su vida había estado enfermo, notó que se acrecentaba el mal de la víspera; pero no quiso decírselo á Kamaralzamán, para no amargarle la salida. Se quedó en el colchón, presa de una gran debilidad, y comprendió que iba á llegar su último momento.

Durante el día, los hombres de la nave fueron al jardín á recoger los tarros, y dijeron á Kamaralzamán, que les había abierto la puerta, les indicase lo que tenían que recoger. El joven les llevó junto á la verja y les enseñó los veinte tarros, bien colocados, diciéndoles: «¡Están llenos de aceitunas de primera calidad! ¡Os ruego, pues, que tengáis cuidado para no estropearlas!» Luego, el capitán, que había acompañado á sus hombres, dijo á Kamaralzamán: «¡Sobre todo, señor, no dejes de ser puntual; porque mañana el viento soplará de tierra y nos daremos á la vela en seguida!» Y cogieron los tarros y se fueron...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 222.ª NOCHE

Ella dijo:

...Y cogieron los tarros y se fueron.

Después Kamaralzamán entró en la habitación del jardinero, y le encontró la cara palidísima, aunque llena de gran serenidad. Le preguntó cómo estaba, y entonces se enteró de que hallábase enfermo, y á pesar de las palabras que el otro le decía para tranquilizarle, no dejó de alarmarse mucho. Le hizo tomar varios cocimientos de hierbas verdes, pero sin gran resultado. Después le acompañó todo el día, y le veló por la noche, y pudo ver que el mal se agravaba. Y por la mañana, el buen jardinero, que apenas tenía fuerzas para llamarle hacia su cabecera, le cogió de la mano y le dijo: «¡Kamaralzamán, hijo mío, escucha! ¡No hay más Dios que Alah! ¡Y nuestro señor Mohammad es el enviado de Alah!» Y expiró.

Entonces Kamaralzamán rompió en llanto, y estuvo mucho rato llorando á su lado. Se levantó después, le cerró los ojos, le rindió el último tributo, le hizo un sudario blanco, abrió la huesa y enterró al último musulmán de aquel país caído en el descreimiento. Y entonces pensó en embarcarse.