PERO CUANDO LLEGÓ
LA 219.ª NOCHE

Ella dijo:

»...otra noticia que creo ha de contentarte, aunque ignores la avidez de los hombres del siglo, y tu corazón esté puro de toda ambición. Tómate el trabajo de venir conmigo al jardín, y te enseñaré ¡oh padre mío! la fortuna que te envía la suerte misericordiosa.»

Llevó entonces al jardinero al sitio en que se erguía el algarrobo desarraigado, levantó la chapa, y sin reparar en la sorpresa y espanto de su amigo, le hizo bajar á la cueva, y destapó delante de él las veinte tinajas llenas de oro en barras y en polvo. Y el buen jardinero, como atontado, levantaba las manos y abría extremadamente los ojos ante cada tinaja, diciendo: «¡Ya Alah!» Después Kamaralzamán le dijo: «¡He aquí ahora tu hospitalidad recompensada por el Dador! ¡La propia mano que el extranjero te alargaba para que le socorrieras en la adversidad, con el mismo ademán hace correr por tu morada el oro! ¡Así lo quieren los destinos propicios á las raras acciones animadas por la belleza pura y por la bondad de los corazones espontáneos!»

Al oir estas frases, el anciano jardinero, que no podía articular palabra, se echó á llorar, y las lágrimas resbalaban silenciosas por su larga barba y hasta por su pecho. Logró, por fin, hablar, y dijo: «Hijo mío, ¿qué quieres que haga un viejo como yo con este oro y estas riquezas? Verdad es que soy pobre; pero con mi dicha me basta, y será completa si quieres darme sólo un dracma ó dos para comprar un sudario, que al morir en mi soledad dejaré á mi lado, á fin de que el caminante caritativo envuelva en él mis despojos para el día del juicio.»

Y esta vez le tocó llorar á Kamaralzamán. Luego dijo al viejo: «¡Oh padre de la sabiduría! ¡oh jeque de manos perfumadas! ¡la santa soledad en que pasas tus años pacíficos borra ante tus ojos las leyes que dictó el rebaño adánico acerca de lo justo y lo injusto, de lo falso y lo verdadero! ¡Pero yo he de volver á vivir entre los humanos feroces, y no puedo olvidar tales leyes, so pena de ser devorado! ¡Así, pues, si quieres, repartámonoslo! Tomaré la mitad y tú la otra mitad. ¡Si no, no tocaré absolutamente nada!»

Entonces el anciano jardinero contestó: «Hijo mío, mi madre me parió aquí mismo hace noventa años, y después murió; mi padre murió también. Y el ojo de Alah ha seguido mis pasos, y he crecido á la sombra de este jardín y escuchando el rumor del arroyuelo natal. Tengo cariño á este jardín y á este arroyo, ¡oh hijo mío! y al murmurador follaje, y á este sol, y á esta tierra materna en que mi sombra se alarga en libertad y se conoce á sí misma, y á la luna, que de noche me sonríe por encima de los árboles hasta la mañana. ¡Todo esto habla conmigo, ¡oh hijo mío! Te lo digo para que sepas la razón que me sujeta aquí y me impide partir en tu compañía hacia los países musulmanes. Soy el único musulmán de este país en que vivieron mis antepasados. ¡Blanqueen, pues, en él mis huesos, y que el único musulmán muera con la cara vuelta hacia el sol que ilumina una tierra inmunda ahora, mancillada por los hijos bárbaros del oscuro Occidente!»

Así habló el anciano de las manos temblorosas. Después añadió: «En cuanto á esas tinajas preciosas que te preocupan, toma, si lo deseas, las diez primeras, y deja las otras diez en la cueva. Serán el premio de aquel que entierre el sudario en que yo duerma.

«Pero hay más. Lo difícil no es eso, sino embarcar las vasijas en el navío sin llamar la atención y excitar la codicia de los hombres de alma negra que habitan en la ciudad. Ahora bien; en mi jardín hay olivos cargados de fruto, y en el sitio adonde vas, en la isla de Ébano, las aceitunas son cosa rara y muy estimada. De modo que ahora mismo voy á comprar veinte tarros grandes, que llenaremos á medias de barras y polvo de oro, acabándolos de llenar con las aceitunas de mi jardín. Y entonces será cuando podamos llevarlos sin temor al barco que va á salir.»