PERO CUANDO LLEGÓ
LA 216.ª NOCHE
Ella dijo:
...y tendieron el vuelo, dejándola en tierra palpitante y agónica.
¡Eso fué todo! Y Kamaralzamán había permanecido inmóvil de sorpresa ante un espectáculo tan extraordinario. Después, cuando las aves se fueron, impulsado por la curiosidad, acercóse al sitio en que yacía el ave criminal sacrificada, y al mirar el cadáver, vió en el estómago desgarrado una cosa colorada, que le llamó mucho la atención. Se inclinó, y habiéndola recogido, cayó desmayado de emoción. ¡Acababa de encontrar la cornalina talismánica de Sett Budur!
Al volver de su desmayo, estrechó contra su corazón el precioso talismán, causa de tanto suspiro, zozobra, pena y dolor, y exclamó: «¡Plegue á Alah que sea éste un presagio de dicha y la señal de que también encontraré á mi muy amada Budur!» Después besó el talismán y se lo llevó á la frente, y en seguida lo envolvió con esmero en un pedazo de tela, y se lo ató alrededor del brazo, para evitar que se le perdiera otra vez. Y empezó á brincar de alegría.
Cuando se tranquilizó, recordó que el buen jardinero le había encargado que desarraigase un algarrobo añoso que ya no daba hojas ni fruto. Se ajustó, pues, un cinturón de cáñamo, se levantó las mangas, cogió una azada y un canasto, y puso inmediatamente manos á la obra, dando grandes golpes á las raíces del añoso árbol á ras de tierra. Pero de pronto notó que el hierro del instrumento chocaba con un cuerpo metálico y resistente, y oyó como un ruido sordo que se propagaba por debajo del suelo. Separó entonces rápidamente la tierra y los guijarros, dejando al descubierto una gran chapa de bronce, que se apresuró á quitar. Entonces columbró una escalera de diez peldaños bastante altos abierta en la roca; y tras de haber pronunciado las palabras propiciatorias la ilah il' Alah, se dió prisa á bajar, y vió una ancha cueva cuadrada, de construcción muy antigua, de los tiempos remotos de Thammud y Aad; y en aquella cueva abovedada encontró veinte tinajas enormes, colocadas en orden á ambos lados. Levantó la tapa de la primera, y comprobó que estaba completamente llena de barras de oro rojo; levantó entonces la segunda tapa, y advirtió que la segunda tinaja estaba repleta de polvo de oro. Y abrió las otras diez y ocho, y las encontró llenas alternativamente de barras y polvo de oro.
Repuesto de su sorpresa, Kamaralzamán salió entonces de la cueva, volvió á poner la chapa, terminó el trabajo, regó los árboles, según costumbre adquirida de ayudar al jardinero, y no acabó hasta por la noche, cuando volvió su anciano amigo.
Las primeras palabras que el jardinero dijo á Kamaralzamán fueron para darle una buena noticia. Díjole así: «¡Oh hijo mío! Tengo la alegría de anunciarte tu próximo regreso al país de los musulmanes. He encontrado, en efecto, un barco fletado por mercaderes ricos, que se hará á la vela dentro de tres días. He hablado con el capitán, que está conforme en darte pasaje hasta la isla de Ébano.» Al oir estas palabras, Kamaralzamán se alegró mucho, y besó la mano al jardinero, y le dijo: «¡Oh padre mío! Puesto que acabas de darme una buena nueva, yo, á mi vez, te he de dar también otra noticia que creo ha de contentarte...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.