En cuanto á la reina y las invitadas, volvieron á la habitación de Hayat-Alnefus, á la cual besaron todas entre los ojos, llorando, y se estuvieron con ella hasta la noche, después de haberla llevado al hammam envuelta en sedas, para que no pasara frío.

Y Sett Budur siguió sentándose todos los días en el trono de la isla de Ébano, haciéndose querer por sus súbditos, que la creían hombre y le deseaban larga vida. Pero al llegar la noche, iba á buscar con mucho gusto á su joven amiga Hayat-Alnefus, la cogía en brazos, y se tendía con ella en el colchón. Y ambas, enlazadas hasta por la mañana, como esposo y esposa, se consolaban con toda clase de juegos y retozos delicados, aguardando la vuelta de su amado Kamaralzamán. Eso en cuanto á ellas.

Y vamos ahora con Kamaralzamán. Se había quedado en la casa del buen jardinero musulmán, situada extramuros de la ciudad habitada por los invasores inhospitalarios y sucios procedentes de los países de Occidente. Y su padre, el rey Schahramán, en las islas de Khaledán, al ver en el bosque los despojos ensangrentados, ya no dudó de la pérdida de su amado Kamaralzamán; y se puso de luto, lo mismo que todo el reino; y mandó edificar un monumento funerario, en el cual se encerró para llorar en silencio la muerte de su hijo.

Y por su parte, Kamaralzamán, á pesar de la compañía del anciano jardinero, que hacía cuanto podía por distraerle hasta la llegada de un barco que le llevase á la isla de Ébano, vivía triste, y recordaba con dolor los hermosos tiempos pretéritos.

Pero un día en que el jardinero había ido, según costumbre, á dar una vuelta por el puerto con objeto de encontrar un barco que quisiera llevarse á su huésped, Kamaralzamán estaba sentado muy triste en el jardín, y se recitaba versos viendo jugar á las aves, cuando de pronto llamaron su atención los gritos roncos de dos aves grandes. Levantó la cabeza hacia el árbol del cual procedía el ruido, y vió una riña encarnizada á picotazos, arañazos y aletazos. Pero pronto cayó sin vida, precisamente delante de él, una de las aves, mientras la vencedora emprendía el vuelo.

Y he aquí que en el mismo instante dos aves mucho mayores, que habían presenciado el combate posadas en un árbol vecino, fueron á colocarse cerca de la muerta; una se puso á la cabeza y otra á los pies, y luego ambas abatieron tristemente el cuello y echáronse á llorar.

Al ver aquello, Kamaralzamán se conmovió en extremo, y pensó en su esposa Sett Budur, y después, por simpatía hacia las aves, se echó á llorar también.

Pasado un rato, Kamaralzamán vió á las dos aves abrir con las uñas y los picos una huesa, y enterrar á la muerta. Luego echaron á volar, y á los pocos momentos volvieron adonde estaba el hoyo, pero llevando agarrado, una por una pata y otra por un ala, al ave matadora, que hacía grandes esfuerzos para huir y daba gritos espantosos. La colocaron sin soltarla en la tumba de la difunta, y con pocos y rápidos picotazos la despanzurraron para vengar su crimen, le arrancaron las entrañas, y tendieron el vuelo, dejándola en tierra palpitante y agónica...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.