Entonces se sentó de nuevo, se puso á la joven en las rodillas, y le refirió toda su historia, desde el principio hasta el fin. Pero sería inútil repetirla.

Cuando Hayat-Alnefus oyó la historia, llegó al límite del asombro, y como seguía sentada en el regazo de Sett Budur, le cogió la barbilla con la mano, y le dijo: «¡Oh hermana mía, qué vida tan deliciosa vamos á pasar juntas aguardando el regreso de tu amado Kamaralzamán! ¡Alah apresure su llegada, para que nuestra dicha sea completa!» Y Budur le dijo: «¡Atienda Alah tus deseos, mi muy querida, y te entregaré á él como segunda esposa! ¡Y así disfrutaremos los tres la felicidad más perfecta!» Después se dieron largos besos, y jugaron á mil juegos, y Hayat-Alnefus se maravillaba de todos los pormenores de belleza que encontraba en Sett Budur. Y le cogía los pechos, y decía: «¡Oh hermana mía, qué hermosos son tus pechos! ¡Mira! ¡Son mucho mayores que los míos! ¡Mira los míos cuán pequeños son! ¿Te parece que crecerán?» Y la registraba por todas partes, y la interrogaba acerca de los descubrimientos que hacía. Y Budur, entre mil besos, le contestaba, instruyéndola con perfecta claridad, y Hayat-Alnefus exclamaba: «¡Ya Alah! ¡Ahora lo entiendo! Figúrate que cuando preguntaba yo á las esclavas: «¿Para qué sirve esto? ¿para qué sirve aquello?», guiñaban el ojo, pero no respondían. Otras veces, con mucha ira por mi parte, chasqueaban la lengua, pero no contestaban. Y yo, llena de cólera, me arañaba las mejillas y gritaba, cada vez más fuerte: «¿Para qué sirve eso?» Entonces acudía mi madre á los gritos, y preguntaba, y todas las esclavas le decían: «¡Grita porque quiere obligarnos á explicarle para qué sirve eso!» Entonces la reina, mi madre, en el límite de la indignación, á pesar de mis protestas de arrepentimiento, me ponía el trasero al aire y me daba una azotaina furiosa, gritando: «¡Para esto sirve eso!» Y yo acabé por convencerme de que eso no servía mas que para proporcionar una azotaina; y así con todo lo demás.»

Después siguieron ambas diciendo y haciendo mil locuras, de tal modo, que por la mañana á Hayat-Alnefus no le quedaba nada que aprender, y se había enterado de la misión encantadora que en adelante había de corresponder á todos sus órganos delicados...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 212.ª NOCHE

Ella dijo:

...se había enterado de la misión encantadora que en adelante había de corresponder á todos sus órganos delicados.

Entonces, como se acercaba la hora en que los padres iban á entrar, Hayat-Alnefus dijo á Budur: «Hermana, ¿qué hay que decirle á mi madre, que me pedirá que le enseñe la sangre de mi virginidad?» Budur sonrió, y dijo: «¡La cosa es fácil!» Y fué á hurtadillas á coger un pollo y lo mató, y embadurnó con su sangre los muslos de la joven y las toallas, y le dijo: «¡No tienes mas que enseñarles eso! Tal es la costumbre, que no permite investigaciones más hondas.» La joven le preguntó: «Pero hermana mía, ¿por qué no quieres quitármelo tú misma, por ejemplo, con el dedo?» Budur contestó: «¡Ojos míos, porque, según te dije ya, te reservo para Kamaralzamán!» Con eso se quedó Hayat-Alnefus completamente satisfecha, y Budur salió á presidir la sesión de justicia.

Entonces entraron á ver á su hija el rey y la reina, prontos á estallar de furor contra ella y su esposo si no se hubiera consumado todo. Pero al ver la sangre y los muslos enrojecidos, se alegraron ambos, y se esponjaron, y abrieron de par en par las puertas del aposento. Entonces entraron todas las mujeres, y resonaron gritos de júbilo, y el «lu-lu-lu» de triunfo, y la madre, en el colmo del orgullo, colocó en un almohadón las toallas rojas, y seguida de toda la comitiva, dió de este modo la vuelta al harén. Y todo el mundo se enteró así del fausto acontecimiento; y el rey dió una gran fiesta, y mandó sacrificar para los pobres un número considerable de carneros y camellos pequeños.