...y ambas, así enlazadas, se durmieron hasta por la mañana.
Entonces Budur salió á despachar los asuntos del reino; y el padre y la madre de Hayat-Alnefus entraron á saber noticias de su hija.
El rey Armanos fué el primero en preguntar: «Bueno, hija mía, ¡bendito sea Alah! ¡Todavía te hallas en la cama! ¿No estás muy rendida?» Ella contestó: «¡Nada de eso! ¡He descansado muy bien en brazos de mi hermoso esposo, que esta vez me dejó completamente desnuda, y me besó todo el cuerpo con besos muy delicados! ¡Ya Alah! ¡Qué delicioso era aquello! ¡Por todas partes sentí hormigueos numerosos y estremecimientos! ¡Sin embargo, una vez me asustó diciéndome que me faltaba un dedo! ¡Pero fué en broma! ¡Y sus caricias me dieron luego tanto gusto, y sus manos se antojaban tan suaves á mi piel, y tan cálidos se unían sus labios á mis labios, que me ha parecido soñar hasta por la mañana, creyéndome en el paraíso!»
Entonces la madre le preguntó: «¿Pero en dónde están las toallas? ¿Has perdido mucha sangre, hija mía?» Y la joven, asombrada, contestó: «¡No he perdido ninguna!»
Al oir estas palabras, el padre y la madre, en el colmo de la desesperación, se abofetearon, gritando: «¡Oh vergüenza y desgracia para nosotros! ¿Por qué nos desprecia tanto tu esposo y te desdeña hasta tal punto?»
Después el rey enfurecióse paulatinamente y se retiró, gritando á su esposa con voz bastante fuerte para que le oyera la joven: «¡Si esta noche no cumple Kamaralzamán su deber quitando la virginidad á nuestra hija y salvando así el honor de todos nosotros, sabré castigar su indignidad! ¡Le expulsaré de palacio, después de hacerle bajar del trono que le he dado, y no sé si le someteré á un castigo más terrible todavía!» Y dichas estas palabras, el rey Armanos salió del aposento de su consternada hija, seguido de su esposa, cuya nariz se le había alargado hasta los pies.
Y cuando llegó la noche y Sett Budur entró en la habitación de Hayat-Alnefus, la encontró muy triste, con la cabeza metida entre las almohadas, y sacudida por los sollozos. Se acercó á ella, besándola en la frente, secándole las lágrimas, y al preguntarle el motivo de su pesar, Hayat-Alnefus le dijo con voz conmovida: «¡Oh mi amado señor! ¡mi padre quiere desposeerte del reino que te ha dado, y despedirte de palacio, y no sé qué más pretende hacer contigo! ¡Y todo porque no quieres quitarme la virginidad, salvando así el honor de su nombre y de su raza! ¡Se ha empeñado en que eso se haga esta noche misma! ¡Y yo ¡oh dueño amado! te lo digo, no para impulsarte á tomar lo que debes tomar, sino para librarte del peligro que te amenaza! ¡Pues todo el día no he hecho mas que llorar, pensando en la venganza que mi padre premedita contra ti! ¡Ah! ¡Por favor, date prisa á quitarme la virginidad, y haz de modo que, como dice mi madre, las toallas blancas se pongan todas rojas! ¡Yo me confío por completo á tu saber, y pongo todo mi cuerpo y mi alma en tus manos! ¡Pero tú has de decidir lo que tengo que hacer para eso!»
Al oir estas palabras, Sett Budur dijo para sí: «¡Llegó el momento! ¡Ya veo que no hay medio de aplazar las cosas! ¡Pondré mi fe en Alah!» Y dijo á la joven: «Ojos míos, ¿me quieres mucho?» La otra contestó: «¡Tanto como al cielo!» Budur la besó en la boca, y preguntó: «¿Y como á qué más?» La joven respondió, estremecida ya por el beso: «¡No lo sé, pero mucho!» Budur le preguntó otra vez: «Ya que me quieres tanto, ¿habrías sido feliz si en vez de ser tu esposo hubiese sido sólo tu hermano?» La joven palmoteó, y contestó: «¡Me habría muerto de dicha!» Budur dijo: «Y si yo, mi muy querida, no hubiera sido tu hermano, sino tu hermana; si hubiera sido una muchacha como tú, en lugar de ser hombre, ¿me habrías querido lo mismo?» Hayat-Alnefus dijo: «¡Todavía más, porque habría estado siempre contigo, habría jugado siempre contigo, y dormido en la misma cama, sin separarnos nunca!» Entonces Budur atrajo hacia sí á la joven, le cubrió de besos los ojos, y le dijo: «Vamos, Hayat-Alnefus, ¿serías capaz de guardar para ti sola un secreto, dándome así una prueba de tu amor?» La joven exclamó: «¡Queriéndote tanto, todo me es fácil!»
Entonces Budur la cogió en brazos y aplicó los labios á los suyos, hasta perder las dos el aliento, y después se levantó del todo, y dijo: «¡Mírame, Hayat-Alnefus, y sé, pues, mi hermana!»
Y al mismo tiempo, con ademán rápido, se entreabrió la ropa desde el cuello hasta la cintura é hizo salir dos pechos deslumbradores coronados por sus rosas; después dijo: «¡Ya ves que soy una mujer como tú, mi muy querida! ¡Y si me he disfrazado de hombre, ha sido á consecuencia de una aventura extrañísima que te voy á contar sin demora!»