...se alegraba hasta el límite de la alegría.
En estas condiciones, el viaje fué agradable y nada fatigoso, y así llegaron á Damasco.
Inmediatamente el sabio persa fué al zoco con Feliz-Bello, y alquiló en el acto una gran tienda, que restauró por completo: Después mandó hacer anaquelerías tapizadas de terciopelo, y en ellas colocó por orden sus frascos de valor, sus dictamos, sus bálsamos, sus polvos, sus jarabes exquisitos, sus triacas finas conservadas en oro puro, sus tarros de porcelana persa con reflejos metálicos, en donde maduraban las añejas pomadas compuestas con el jugo de trescientas hierbas raras, y entre los frascos grandes, los alambiques y las retortas colocó el astrolabio de oro.
Tras de lo cual se puso su traje de médico y el gran turbante de siete vueltas, y preparó también á Feliz-Bello, que había de ser su ayudante, despachando las recetas, machacando en el mortero, haciendo los saquillos y escribiendo los remedios que él le dictara. Para ello le vistió con una camisa de seda azul y un chaleco de casimira, y le pasó alrededor de las caderas un mandil de seda de color de rosa con franjas de oro. Después le dijo: «¡Oh Feliz-Bello! ¡Desde este momento tienes que llamarme padre, y yo te llamaré hijo, pues si no, los habitantes de Damasco creerán que hay entre los dos lo que tú comprendes!» Y Feliz-Bello dijo: «¡Escucho y obedezco!»
Y apenas se abrió la tienda que el persa destinaba á consulta, acudieron de todas partes en tropel los vecinos, unos para exponer lo que les pasaba, otros nada más que para admirar la belleza del joven, y todos para quedar estupefactos y encantados á un tiempo al oir á Feliz-Bello conversar con el médico en lengua persa, que ellos no conocían, y les parecía deliciosa en labios del joven ayudante. Pero lo que llevó hasta el límite extremo el asombro de los habitantes fué el modo de adivinar las enfermedades el médico persa.
Efectivamente, el médico miraba á lo blanco de los ojos durante algunos minutos al enfermo que recurría á él, y luego le presentaba una gran vasija de cristal y le decía: «¡Mea!» Y el enfermo meaba en la vasija, y el persa elevaba la vasija hasta la altura de sus ojos y la examinaba, y después decía: «¡Te pasa tal y cual cosa!» Y el enfermo exclamaba siempre: «¡Por Alah! ¡Verdad es!» Con lo cual todo el mundo levantaba los brazos, diciendo: «¡Ya Alah! ¡Qué prodigioso sabio! ¡Nunca hemos oído cosa parecida! ¿Cómo podrá conocerse por la orina la enfermedad?»
No es, pues, de extrañar que el médico persa adquiriera fama en pocos días por su ciencia extraordinaria entre todas las personas notables y acomodadas, y que el eco de todos sus prodigios llegase á los mismos oídos del califa y de su hermana Sett Zahia.
Y un día que el médico estaba sentado en medio de la tienda y dictaba una receta á Feliz-Bello, que se hallaba á su lado con el cálamo en la mano, una respetable dama, montada en un borrico con silla de brocado rojo y adornos de pedrería, se paró á la puerta, ató la rienda del burro á la argolla de cobre que coronaba el armazón de la silla, y después hizo seña al sabio para que la ayudase á bajar. El persa se levantó en seguida solícito, corrió á darle la mano, y le rogó que se sentase, al mismo tiempo que Feliz-Bello, sonriendo discretamente, le presentaba un almohadón.
Entonces la dama sacó de debajo de su vestido un frasco lleno de orines, y preguntó al persa: «¿Eres realmente tú ¡oh venerable jeque! el médico procedente de Irak-Ajami, que hace esas curas admirables en Damasco?» Él contestó: «Soy el mismo, y tu esclavo.» Ella dijo: «¡Nadie es esclavo mas que de Alah! Sabe, pues, ¡oh maestro sublime de la ciencia! que este frasco contiene lo que comprenderás, y su propietaria, aunque virgen todavía, es la favorita de nuestro soberano el Emir de los Creyentes. Los médicos de este país no han podido acertar la causa de la enfermedad que la tiene en cama desde el día de su llegada á palacio. Y por eso Sett Zahia, hermana de nuestro señor, me ha enviado á traerte este frasco, para que descubras esa causa desconocida.»
Oídas estas palabras, dijo el médico: «¡Oh mi señora! ¡Has de decirme el nombre de la enferma, para que yo pueda hacer mis cálculos y saber precisamente la hora más favorable para hacerle tomar las medicinas!» La dama respondió: «Se llama Feliz-Bella.»