A todo esto, llegó á la ciudad de Kufa un persa muy versado en medicina, arte de drogas, ciencia de las estrellas y arena adivinatoria. Y el mercader Primavera se apresuró á llamarle á casa de su hijo. Entonces, el sabio persa, después de haber sido tratado por Primavera con los mayores miramientos, se acercó á Feliz-Bello y le dijo: «¡Dame la mano!» Y le cogió la mano, le tomó el pulso un buen rato, le miró con atención la cara, después sonrió, y se volvió hacia el mercader Primavera, diciéndole: «¡La enfermedad de tu hijo reside en su corazón!» Y Primavera respondió: «¡Por Alah! Verdad dices, ¡oh médico!» El sabio prosiguió: «Y la causa de esa enfermedad es la desaparición de una persona querida. ¡Pues bien! ¡Os voy á decir, con ayuda de los poderes misteriosos, el sitio en que se encuentra esa persona!»
Y dichas tales palabras, el persa se acurrucó, sacó de un talego un paquete de arena, que desató y extendió delante de él; luego puso en medio de la arena cinco guijarros blancos y tres guijarros negros, dos varitas y una uña de tigre; los colocó en un plano, después en dos planos, y luego en tres planos; los miró, pronunciando algunas frases en lengua persa, y dijo: «¡Oh vosotros que me oís! ¡Sabed que la persona se encuentra en este momento en Bassra!» Después reflexionó, y dijo: «¡No! Los tres ríos que ahí veo me han engañado. ¡La persona se encuentra en este momento en Damasco, dentro de un gran palacio, y en el mismo estado de languidez que tu hijo, ¡oh ilustre mercader!»
Al oir estas palabras, Primavera exclamó: «¿Y qué hemos de hacer, ¡oh venerable médico!? Por favor, ilumínanos, y no habrás de quejarte de la avaricia de Primavera. Pues ¡por Alah! te daré con qué vivir en la opulencia durante el espacio de tres vidas humanas.» Y el persa contestó: «¡Tranquilizad ambos vuestras almas, y que se refresquen vuestros párpados cubriendo vuestros ojos sin inquietud! ¡Pues yo me encargo de reunir á los dos jóvenes, y eso es más fácil de hacer de lo que tú te figuras!» Después añadió, dirigiéndose á Primavera: «¡Saca del bolsillo cuatro mil dinares!» Y Primavera se desató inmediatamente el cinturón, y colocó delante del persa cuatro mil dinares y otros mil. Y el persa dijo: «¡Ahora que tengo con qué cubrir gastos, voy á ponerme al momento en camino para Damasco, llevando conmigo á tu hijo! ¡Y si Alah quiere, regresaremos con su amada!» Después se volvió hacia el joven tendido en la cama, y le preguntó: «¡Oh hijo del distinguido Primavera! ¿Cómo te llamas?» El otro respondió: «Feliz-Bello.» El persa dijo: «¡Pues bien, Feliz-Bello, levántate, y que tu alma se vea en adelante libre de toda inquietud, pues desde este momento puedes dar por seguro que has recobrado á tu esclava!» Y Feliz-Bello, súbitamente movido por el buen influjo del médico, se levantó y se sentó. Y el médico prosiguió: «Afirma tus ánimos y tu valor. No te preocupes por nada. ¡Come, bebe y duerme! Y dentro de una semana, en cuanto recuperes las fuerzas, volveré á buscarte para hacer el viaje contigo.» Y se despidió de Primavera y Feliz-Bello, y se fué á hacer también sus preparativos para el viaje.
Entonces Primavera dió á su hijo otros cinco mil dinares, y le compró camellos, que mandó cargar de ricas mercaderías y de aquellas sedas de Kufa de colores tan hermosos, y le dió caballos para él y para su acompañamiento. Y al cabo de la semana, como Feliz-Bello había seguido las prescripciones del sabio y se había repuesto admirablemente, Primavera supuso que su hijo podía emprender sin inconveniente el viaje á Damasco. De modo que Feliz-Bello se despidió de su padre, de su madre, de Prosperidad y del portero, y acompañado de todos los buenos deseos que los brazos de los suyos invocaban sobre su cabeza, salió de Kufa con el sabio persa.
Y Feliz-Bello había llegado en aquellos instantes á la perfección de la juventud, y sus diez y siete años habían dado un sedoso vello á sus mejillas levemente sonrosadas, lo cual hacía más seductores todavía sus encantos, de modo que nadie le podía mirar sin pararse extático. Y el sabio persa no tardó en experimentar el efecto delicioso de los hechizos del joven, y le quiso con toda su alma, muy de veras, y se privó durante todo el viaje de todas las comodidades á fin de que él las aprovechara. Y cuando le veía contento, se alegraba hasta el límite de la alegría...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 243.ª NOCHE
Ella dijo: