Con lo cual la buena dama vistió á Feliz-Bello con ropas de mujer que había llevado, y le alargó los ojos con kohl, y agrandó y ennegreció el lunar de la mejilla, y después le puso brazaletes en las muñecas y le colocó alhajas en la cabellera, cubierta con un velo de Mosul; y hecho esto, dirigió la última ojeada á su tocado, y le pareció que estaba encantador así y mucho más hermoso que todas las mujeres juntas del palacio del sultán. Entonces le dijo: «¡Bendito sea Alah en sus obras! Ahora, hijo mío, tienes que andar como las jóvenes todavía vírgenes, yendo á pasitos cortos, moviendo la cadera derecha y enarcando hacia atrás la izquierda, sin dejar de dar ligeras sacudidas á tus nalgas sabiamente. ¡Haz un corto ensayo de esas maniobras antes de salir!»

Entonces Feliz-Bello se puso á ensayar en la tienda los ademanes consabidos, y lo hizo tan bien, que la buena dama exclamó: «¡Maschalah! ¡Ya pueden dejar de alabarse las mujeres! ¡Qué maravillosos movimientos de nalgas y qué meneo de riñones tan espléndido! Sin embargo, para que la cosa resulte completamente admirable, es menester que des á tu cara una expresión más lánguida, inclinando el cuello un poco más y mirando con el rabillo del ojo... ¡Así! ¡Perfectamente! Ya puedes seguirme.» Y se fué con él á palacio.

Cuando llegaron á la puerta de entrada del pabellón reservado al harén, avanzó el jefe de los eunucos y dijo: «Ninguna persona extraña puede entrar sin orden especial del Emir de los Creyentes. ¡Atrás, pues, con esa joven, ó si quieres, entra tú sola!» Pero la anciana dama dijo: «¿Qué has hecho de tu cordura, ¡oh corona de los guardianes!? ¡Tú, que generalmente eres la misma delicia y la urbanidad, adoptas ahora un tono que le sienta muy mal á tu aspecto exquisito! ¿No sabes ¡oh dotado de nobles modales! que esta esclava es propiedad de Sett Zahia, hermana de nuestro amo el califa, y que Sett Zahia, en cuanto sepa tu falta de consideración respecto á su esclava preferida, no dejará de hacer que te destituyan y hasta de mandar decapitarte? ¡Y tú mismo habrás sido de esta manera el causante de tu infortunio!» Después la dama se volvió hacia Feliz-Bello y le dijo: «¡Ven, esclava, olvida por completo esa falta de miramiento de nuestro jefe, y sobre todo no le digas nada á tu señora! ¡Anda, vamos ya!» Y le cogió de la mano y le hizo entrar, mientras Feliz-Bello inclinaba mimosamente la cabeza á derecha é izquierda, sonriendo con los ojos al jefe de los eunucos, que meneaba la cabeza.

Ya en el patio del harén, la dama dijo á Feliz-Bello: «Hijo mío, te hemos hecho reservar una habitación en el interior del harén, y allá vas á irte en seguida tú solo. Para dar con el aposento, entras por esta puerta, tomas la galería que encuentres delante, vuelves á la izquierda, y después á la derecha, y otra vez á la derecha; cuentas en seguida cinco puertas, y abres la sexta, que es la de la habitación que se te ha reservado, y á la cual irá á buscarte Feliz-Bella, á quien voy á avisar. Y yo me encargaré de que salgáis los dos de palacio sin llamar la atención de guardias ni de eunucos.»

Entonces Feliz-Bello entró en la galería, y en su turbación se equivocó de camino; volvió á la derecha, y después á la izquierda por un pasillo paralelo al otro, y penetró en la sexta habitación...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 246.ª NOCHE

Ella dijo:

...en la sexta habitación.