Cuando Grano-de-Belleza oyó las primeras notas de aquel canto, dejó de tararear y escuchó con entusiástica atención. Y dijo para sí: «¿Qué me decía la vieja vendedora de pomadas? ¡Por Alah! ¡Ha debido mentir! ¡Tan bella voz no puede ser de una leprosa!» Y en seguida, tomando el tono de las últimas notas que acababa de oir, cantó con voz capaz de hacer bailar á los peñascos:

¡Mi saludo va hacia la fina gacela que se oculta del cazador, y lleva mi tributo á las rosas dispersas por el vergel de sus mejillas!

Y dijo aquello con tal acento, que la joven, seducida por la emoción, corrió á descorrer las cortinas que la separaban del mancebo, y se ofreció á su vista como la luna que súbitamente se desprende de una nube; le hizo seña de que entrara en seguida, y le precedió moviendo las caderas de tal modo, que habría puesto de pie á un anciano impedido. Y Grano-de-Belleza se asombró de su hermosura, de su lozanía y de su juventud. Pero no se atrevía á acercarse á ella, asediado por el temor del posible contagio.

Mas de pronto, la joven, sin decir palabra, en un momento se quitó la camisa y el calzón, que tiró á lo lejos, y se le apareció completamente desnuda, tan limpia como la plata virgen, y tan firme y esbelta como el tronco de una palmera tierna.

A su vista, Grano-de-Belleza notó que se le movía la herencia de su venerable padre, el niño encantador que llevaba entre los muslos. Y como percibía distintamente su apremiante llamamiento, quiso entregarlo, para que se tranquilizase, á la joven, que debía de saber en dónde colocarlo. Pero ella le dijo: «¡No te acerques! ¡Temo que me pegues la lepra que tienes en el cuerpo!»

Al oir estas palabras, Grano-de-Belleza, sin contestar, se quitó toda la ropa, y después la camisa y los calzones, que tiró lejos, y apareció en perfecta desnudez, tan límpido como el agua de sierra y tan intacto como el ojo de un niño.

Entonces la joven ya no dudó de que la vieja alcahueta había empleado una estratagema, á instigación de su primer esposo, y deslumbrada por los hechizos del joven, corrió á él, le envolvió en sus brazos, y le arrastró á la cama, en la cual cayeron juntos. Y jadeante de deseo, le dijo: «¡Prueba tus fuerzas, ¡oh jeque Zacarías, padre potente de nervios gordos!»

Ante aquel llamamiento tan formal, Grano-de-Belleza cogió por las caderas á la joven, y asestó el robusto y dulce nervio en dirección á la puerta de los triunfos, y empujándolo hacia el corredor de cristal, lo hizo llegar rápidamente á la puerta de las victorias. Después lo desvió del camino real, y lo impulsó con brío por el atajo hacia la puerta del montador; pero como el nervio vacilaba ante lo angosto de aquella puerta amurallada, forzó el paso desfondando la tapa del tarro, y se encontró entonces en su casa, como si el arquitecto hubiera tomado las medidas por ambos lados á la vez. Luego siguió su excursión, visitando lentamente el zoco del lunes, el mercado del martes, el bazar del miércoles y los puestos del jueves. Y habiendo desatado así todo lo que tenía que desatar, descansó, como buen musulmán, á la entrada del viernes.

Y tal fué el viaje de prueba de Grano-de-Belleza y de su niño por el jardín de la muchacha...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.