Y prosiguió: «Cuando el kadí te haya dicho: «¡Hay que pagar los diez mil dinares!», le mirarás así, de cierta manera, y moverás las caderas gentilmente, no de un modo excesivo, pero sí de manera que le liquides de emoción en la alfombra. Y sin duda te dará un plazo para saldar la deuda. ¡Y de aquí á entonces, Alah proveerá!»
Oídas estas palabras, Grano-de-Belleza reflexionó un instante, y dijo: «¡Lo intentaré!»
En aquel mismo momento, una esclava, desde detrás del tapiz, alzó la voz y dijo: «¡Ama Zobeida, ahí está tu padre aguardando á mi amo!»
Entonces Grano-de-Belleza se levantó, se vistió á escape y fué á buscar al padre de Zobeida. Y ambos, después de habérseles unido en la calle el primer marido, fueron á la oficina del kadí.
Y las previsiones de Zobeida se realizaron al pie de la letra. Pero también hay que decir que Grano-de-Belleza cuidó de seguir escrupulosamente las preciosas indicaciones que ella le había dado.
Y el kadí, absolutamente aniquilado por las miradas al soslayo que le dirigía Grano-de-Belleza, no sólo concedió el aplazamiento de tres días que reclamaba modestamente el joven, sino que terminó su sentencia en esta forma: «Nuestras leyes religiosas y nuestra jurisprudencia no pueden hacer obligatorio el divorcio. Y nuestros cuatro ritos ortodoxos están completamente de acuerdo en este punto. Por otra parte, el Desligador, convertido en marido de derecho, se aprovecha de un aplazamiento, dada su condición de forastero. Le otorgamos, pues, diez días para saldar la deuda.»
Entonces Grano-de-Belleza besó respetuosamente la mano del kadí, que decía para sí: «¡Por Alah! ¡Este hermoso adolescente bien vale diez mil dinares! ¡Yo mismo se los anticiparía de buena gana!» Después Grano-de-Belleza se despidió afablemente y corrió á buscar á su esposa, la sagaz Zobeida...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.