Entonces éste, sin poder apenas reprimirse, dijo á Ahmed-la-Tiña: «¡Ven acá! ¿De dónde te ha venido esa lámpara?» El otro contestó: «¡La compré, ¡oh Príncipe de los Creyentes!» Y el califa dijo á los guardias: «¡Dadle ahora mismo de palos hasta que confiese!» Y en seguida Ahmed-la-Tiña fué apresado por los guardias, desnudado, y apaleado, y acribillado á golpes, hasta que confesó y contó toda la historia desde el principio hasta el fin.
El califa se volvió entonces hacia el joven Aslán, y le dijo: «¡Ahora te toca á ti! ¡Lo vas á ahorcar con tus propias manos!» Y en seguida los guardias echaron la cuerda al cuello de Ahmed-la-Tiña, y Aslán la cogió con ambas manos, y ayudado por el jefe de los guardias, izó al bandido hasta lo más alto de la horca, levantada en medio del campo de carreras.
Cuando se hubo hecho justicia, el califa dijo á Aslán: «¡Hijo mío, todavía no me has pedido una merced por tu hazaña!» Y Aslán respondió: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! ¡ya que me permites una petición, te ruego que me devuelvas á mi padre!»
Al oir aquello, el califa se echó á llorar, conmovidísimo, y después murmuró: «Pero ¿no sabes, hijo mío, que tu pobre padre murió ahorcado en virtud de una sentencia injusta? O más bien es probable que muriera, pero no seguro. ¡Por esto, te juro por el valor de mis antepasados otorgar el mayor favor á quien me anuncie que tu padre Grano-de-Belleza no ha muerto!»
Entonces el jefe de los guardias se adelantó hasta la presencia del califa, y dijo: «Dame la palabra de seguridad.» Y el califa respondió: «¡La seguridad está contigo! ¡Habla!» Y el jefe de los guardias dijo: «Te anuncio la buena nueva, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Tu antiguo y fiel servidor Grano-de-Belleza está vivo!»
El califa exclamó: «¿Es cierto lo que dices?» El jefe de los guardias contestó: «¡Por la vida de tu cabeza, te juro que es la verdad! ¡Yo fui el que salvé á Grano-de-Belleza, mandando ahorcar en lugar suyo á un sentenciado que se le parecía como un hermano se parece á un hermano! ¡Y ahora él está seguro en Iskandaria, en donde supongo que será tendero del zoco!»
Al oir aquello, el califa se puso contentísimo, y dijo al jefe de los guardias: «¡Hay que ir á buscarle y traérmelo en brevísimo plazo!» Y el jefe de los guardias contestó: «¡Escucho y obedezco!» Entonces el califa mandó que le entregaran diez mil dinares para gastos de viaje, y el jefe de los guardias se puso en camino para Iskandaria, donde le encontraremos, si Alah quiere.
Y ahora verás lo que le pasó á Grano-de-Belleza.
El buque en que había tomado pasaje llegó á Iskandaria después de una excelente travesía que le había destinado Alah (¡bendito sea!). Grano-de-Belleza desembarcó en seguida y quedó encantado del aspecto de Iskandaria, que nunca había visto á pesar de ser natural del Cairo. Y fué en seguida al zoco, en donde alquiló una tienda ya preparada y que se ponía á la venta en aquel estado, según anunciaba el pregonero. Era una tienda cuyo amo acababa de morirse de repente. Estaba amueblada con divanes, cual es costumbre, y sus mercancías consistían en objetos para la gente de mar, como velas, cuerdas, cordeles, arcas sólidas, sacas para pacotillas, armas de todas formas y precios, y sobre todo una cantidad enorme de hierro y antigüedades, muy estimadas por los capitanes de marina, que las compraban allí para venderlas á la gente de Occidente, pues los de este país estiman en mucho las cosas antiguas, y cambian sus mujeres é hijas por un pedazo de madera podrida, por ejemplo, ó por una piedra talismánica, ó por un sable viejo y enmohecido.
No es, pues, de asombrar que Grano-de-Belleza, durante los largos años de su destierro de Bagdad, tuviera muy buena suerte en su comercio y ganara diez por uno, ya que no hay nada más productivo que la venta de antigüedades, que se compran, por ejemplo, en un dracma, y se revenden en diez dinares.