Inmediatamente el joven Aslán fué á buscar al jefe de los guardias de palacio, el mismo que había salvado la vida á Grano-de-Belleza, y le dijo lo que Yazmina le había encargado que le dijera.

Entonces, el jefe de los guardias, en el colmo de la sorpresa y de la alegría, dijo á Aslán: «¡Bendito sea Alah, que desgarra los velos y hace brotar la claridad entre las tinieblas!» Y añadió: «¡Mañana mismo, ¡oh hijo mío! Alah te vengará!»

En efecto, aquel día el califa daba un gran torneo en que debían justar todos los emires y los mejores jinetes de Bagdad, y se había de organizar una partida de pelota á caballo. Y el joven Aslán estaba entre los jugadores de pelota. Y se había puesto su cota de malla y cabalgaba el mejor caballo de las cuadras de su padre adoptivo el emir Khaled. Y realmente estaba espléndido, y hasta el califa se prendó en extremo de su continente y de su vigorosa juventud. Y quiso que fuera su compañero.

Y empezó el juego. Y por una y otra parte los jugadores desplegaron gran arte en sus movimientos y maravillosa destreza para despedir la pelota con el mazo á todo galope de sus caballos.

Pero de pronto, uno de los jugadores del bando opuesto al que dirigía el califa en persona lanzó la pelota derechamente contra la cara del califa, con golpe tan diestro y certero, que infaliblemente el califa habría perdido un ojo y acaso la vida, si el joven Aslán, con admirable maestría, no hubiera parado la pelota al vuelo con su mazo. Y la devolvió tan terriblemente en dirección contraria, que alcanzó en la espalda al jinete que la había lanzado, y le hizo perder los estribos y le rompió el espinazo.

Vista tan brillante acción, el califa miró al joven, y le dijo: «¡Vivan los valientes, ¡oh hijo del emir Khaled!» Y el califa se apeó en seguida, después de dar fin al torneo, y reunió á los emires y á todos los jinetes que habían tomado parte en el juego, y llamó al joven Aslán, y ante todos los circunstantes le dijo: «¡Oh valeroso hijo del walí de Bagdad, quiero oirte á ti mismo calcular la recompensa que merece una hazaña como la tuya! ¡Estoy dispuesto á acceder á todas tus peticiones! ¡Habla!»

Entonces el joven Aslán besó la tierra entre las manos del califa, y le dijo: «¡Pido la venganza al Emir de los Creyentes! ¡La sangre de mi padre aún no ha sido rescatada y vive el matador!»

Al oir tales palabras, el califa llegó al límite del asombro, y exclamó: «¿Qué dices, ¡oh Aslán! de vengar á tu padre? ¡Pero si tu padre el emir Khaled está á mi lado, bien vivo, gracias á Alah!» Y Aslán contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! ¡El emir Khaled ha sido para mí el mejor de los padres adoptivos! ¡Sabe, en efecto, que no soy su hijo por la sangre, pues mi padre fué Grano-de-Belleza, el gobernador de palacio.»

Cuando el califa oyó aquellas palabras, vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo con voz alterada: «Hijo mío, ¿no sabes que tu padre fué traidor al Príncipe de los Creyentes?» Pero Aslán exclamó: «¡Preserve Alah á mi padre de haber sido el autor de la traición! ¡El traidor está á tu izquierda, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Es el jefe de vigilancia, Ahmed-la-Tiña! ¡Manda que lo registren, y en su bolsillo se encontrarán las pruebas de su traición!»

Al oir aquello, el califa mudó de color y se puso amarillo como el azafrán, y con voz espantable llamó al jefe de la guardia y le dijo: «¡Registra delante de mí al jefe de vigilancia!» Entonces el jefe de los guardias, el íntimo amigo de Grano-de-Belleza, se acercó á Ahmed-la-Tiña y le registró los bolsillos en un momento, y sacó de pronto la lámpara de oro robada al califa.