Allí llevaba una hora, cuando oyó llegar á él, por debajo de los pilares, una voz tan dulce de mujer, que la escuchó en éxtasis, olvidando sus tribulaciones. Y tanto le conmovió aquella voz, que todas las aves de su alma se pusieron á cantar inmediatamente á un tiempo, y notó que bajaba sobre él la frescura bendita que la melodía solitaria da al espíritu. Y ya se levantaba para buscar la voz, cuando ésta se calló.

Pero de pronto, por entre las columnas apareció muy tapada una figura de mujer que adelantóse hacia él, y le dijo con voz trémula: «¡Ah, Grano-de-Belleza! ¡Cuánto tiempo hacía que pensaba en ti! ¡Bendito sea Alah, que ha permitido por fin que nos juntemos! ¡En seguida vamos á casarnos!»

Al oir semejantes palabras, Grano-de-Belleza exclamó: «¡No hay más Dios que Alah! ¡Seguramente todo cuanto me ocurre es un sueño! ¡Y en cuanto el sueño se disipe, me encontraré de nuevo en mi tienda de Iskandaria!» Pero la joven dijo: «¡No, ¡oh Grano-de-Belleza! es una realidad! Estás en la ciudad de Genoa, á la cual te he hecho transportar, á pesar tuyo, por mediación del capitán de marina que está á las órdenes de mi padre, el rey de Genoa. Sabe que, efectivamente, soy la princesa Hosn-Mariam, hija del rey de esta ciudad. La hechicería, que aprendí de niña, me ha revelado tu existencia y tu hermosura, y me he enamorado tanto de ti que envié al capitán á buscarte á Iskandaria. Y aquí en mi cuello está la gema talismánica que encontraste en tu tienda, y que había sido puesta en un estante por el mismo capitán para atraerte á bordo de su nave. Y dentro de pocos momentos verás claro el poder maravilloso que me da esta gema. Pero ante todo has de casarte conmigo. Y entonces quedarán satisfechos todos tus deseos.» Grano-de-Belleza le dijo: «¡Oh princesa! ¿me prometes siquiera volver á llevarme á Iskandaria?» Ella dijo: «Es lo más fácil.» Y entonces consintió en casarse con ella.

En seguida la princesa Mariam le dijo: «¿De modo, que quieres volver inmediatamente á Iskandaria?» Él contestó: «¡Sí, por Alah!» Ella dijo: «¡Vamos allá!» Y cogió la cornalina y volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabada la imagen de una cama, y frotó rápidamente aquella cara con el pulgar, diciendo: «¡Oh cornalina, en nombre de Soleimán te ordeno que me proporciones una cama de viaje!»

Apenas pronunciadas tales palabras, se colocó delante de ellos un lecho de viaje, con sus sábanas y almohadones. Lo ocuparon los dos y se tendieron cómodamente. Entonces la princesa Mariam cogió entre los dedos la cornalina, volvió hacia el cielo una de sus caras, en que estaba grabado un pájaro, y dijo: «¡Cornalina, ¡oh cornalina! te ordeno, por el nombre de Soleimán, que nos transportes sanos y salvos á Iskandaria por la vía más directa!»

Apenas había dado la orden, cuando la cama se levantó sola por el aire, sin sacudidas, subió hasta la cúpula, salió por el mayor ventanal, y más rápida que el ave más rápida, hendió el espacio con maravillosa regularidad, y en menos tiempo que el necesario para orinar los depositó en Iskandaria.

Y en el instante mismo en que se apeaban, vieron llegar con dirección á ellos á un hombre vestido á la moda de Bagdad, á quien conoció en seguida Grano-de-Belleza: era el jefe de los guardias. Acababa de desembarcar en aquel momento para ponerse en busca del sentenciado. Se echaron uno en brazos de otro, y el jefe de los guardias anunció á Grano-de-Belleza la noticia del descubrimiento del culpable y de su ejecución, le contó todos los sucesos que habían pasado en Bagdad durante catorce años, y también le comunicó el nacimiento de su hijo Aslán, que había llegado á ser el caballero más hermoso de Bagdad.

Y Grano-de-Belleza, por su parte, refirió al jefe de los guardias todas sus aventuras desde el principio hasta el fin. Y aquello asombró en extremo al jefe de la guardia, que, cuando se le calmó algo la emoción, le dijo: «¡El Emir de los Creyentes desea verte cuanto antes!» El otro contestó: «¡Cierto que sí! Pero permíteme primero ir al Cairo á besar la mano á mi padre Schamseddin y á mi madre, y á decidirlos á que vengan con nosotros á Bagdad.»

Entonces el jefe de los guardias subió con ellos á la cama, que en un momento les transportó al Cairo, precisamente á la calle Amarilla, en donde estaba la casa de Schamseddin. Y llamaron á la puerta. Y la madre bajó á ver quién llamaba así, y preguntó: «¿Quién llama?» Y él contestó: «¡Soy yo, tu hijo Grano-de-Belleza!»

El júbilo de la madre fué inmenso, pues desde hacía muchos años se había puesto de luto, y cayó desmayada en brazos de su hijo. Y al venerable Schamseddin le pasó lo propio.