HISTORIA DE LA DOCTA SIMPATÍA

Se cuenta—pero Alah está mejor instruído en todas las cosas—que había en Bagdad un comerciante muy rico, cuya casa sostenía un tráfico inmenso. Gozaba de honores, de consideración, de prerrogativas y privilegios de todas clases; pero no era dichoso porque Alah no extendía sobre él su bendición hasta el punto de concederle un descendiente, aunque fuera del sexo femenino. A causa de ello había llegado á viejo sumido en la tristeza, y veía cómo poco á poco sus huesos se volvían transparentes y curvábase su espalda, sin poder obtener de alguna de sus numerosas esposas un resultado consolador. Pero un día en que había distribuído muchas limosnas, y visitado á los santones, y ayunado y rezado fervorosamente, se acostó con la más joven de sus esposas, y merced al Altísimo, aquella vez la dejó fecundada en tal hora y tal instante.

Al llegar el noveno mes, día tras día, la esposa del comerciante parió felizmente un niño varón, tan bello, que se diría era un trozo de luna.

En su gratitud hacia el Donador, no se olvidó á la sazón el comerciante de cumplir las promesas que hizo, y durante siete días enteros socorrió con largueza á pobres, viudas y huérfanos; después, en la mañana del séptimo día, pensó dar un nombre á su hijo, y le llamó Abul-Hassán.

El niño se crió en brazos de nodrizas y en brazos de bellas esclavas, y como á cosa preciosa le cuidaron mujeres y criados hasta que estuvo en edad de estudiar. Entonces se le confió á los maestros más sabios, que le enseñaron á leer las palabras sublimes del Korán y le adiestraron en la escritura hermosa, en la poesía, en el cálculo, y sobre todo en el arte de disparar el arco. Por tanto, su instrucción superó á la que en su generación y su siglo era corriente. Pero no fué esto todo.

Porque á sus diversos conocimientos añadía un encanto mágico y era perfectamente bello. He aquí en qué términos los poetas de su tiempo describieron sus gracias juveniles, la frescura de sus mejillas, las flores de sus labios y el naciente bozo que los adornaba:

¿Ves en el jardín de sus mejillas esos botones de rosa que intentan entreabrirse, aunque la primavera pasó ya por los rosales?

¿No te asombra ver todavía florecer la rosa y apuntar el bozo en el hoyo sombrío de sus labios, como las violetas bajo las hojas?