Ya sus accesos de locura eran menos constantes, asi es que determinaron apartar de su vista el féretro de su esposo, siendo conducido algunos dias despues á Granada, y aunque fue grande su exasperacion cuando lo echó de ver, pudo al fin D. Fernando Ducos de Estrada tranquilizarla. Pero no se crea que por este llegó á ponerse buena del todo; jamás esta infeliz reina llegó á recobrar su perdida calma. Sin embargo, el Católico rey le escribió á Estrada, dàndole las mas afectuosas y repetidas gracias por el servicio que habia hecho á su hija.
En esta época no habia ya una sola persona que no estuviese enterada de la enfermedad de la reina Doña Juana; pero no obstante, conservaban alguna esperanza de alivio, hija mas bien del deseo de sus súbditos, que de la posibilidad.
En las Córtes que se celebraron en Valladolid por enero de 1518, se decretó que si en algun tiempo la reina Doña Juana se hallaba en disposicion de mandar los vastos dominios de España, cesase de su gobernacion el Católico rey D. Fernando; y que Doña Juana fuese la soberana absoluta.
[CAPITULO IV.]
De las disensiones que habia en España, y muerte de Doña Juana.
ran muchas las disensiones que habia en España con varios partidos que empezaron á formarse unos á favor de Doña Juana, otros al de su hijo D. Cárlos, otros al de su padre, y algunos otros que deseaban viniese á gobernar el emperador Maximiliano I, su suegro, asi es que ya en 1520 peleaba la España por su libertad agonizante. Los partidarios de Cárlos V levantaron en Castilla el pendon de la independencia, y los gefes de unos y otros partidos para dar valor á sus determinaciones acudian á Doña Juana. El cardenal Cisneros, entonces regente y gobernador del reino, fue el primero que determinó apelar á la reina para ver si se podia salir de las apuradas circunstancias en que los partidos habian colocado á las provincias y particularmente á Valladolid.
Cuantos iban á tratar sobre asuntos tan delicados con la reina, salian sumamente descontentos por no obtener nunca una contestacion digna de aplacar los ánimos de los revolucionarios. Pero el grande talento del cardenal gobernador y de todos los que componian su real consejo, logró, aunque á costa de un incansable trabajo, aplacar las turbulencias; y poco despues, cuando falleció el rey D. Fernando el Católico, empezó á gobernar la España el emperador Cárlos V, por no hallarse con la capacidad suficiente para ello, su madre Doña Juana. Ya la ocupaba á esta señora otro pensamiento que habia venido á acibarar mas su miserable vida. El marqués de Denia le trajo la noticia de haber fallecido su padre; noticia que la puso rematada del todo; invocando sin cesar los nombres de su esposo y de su padre, con tan fuertes y descompasados gritos, que habia ocasiones en que todos temian por su vida. Ninguna dama ni caballero, se atrevian ya á permanecer solos á su lado. Sus ensangrentados ojos, su descarnada cara, su descompuesto cabello, todo inspiraba horror.
En este triste estado pasó el resto de su vida la infeliz reina en el palacio de Tordesillas, donde estuvo cuarenta y seis años luchando con lo que todos conocen, y no existiendo otra cosa en su imaginacion que la memoria de su adorado padre y los celos de su idolatrado esposo.