Debian ya conocer los reaccionarios que el camino que emprendian era de seguro efecto. Medio año antes lo habian andado, tomando por objetivo al Sr. D. Cárlos de La Torre, capitan general de Filipinas. Disgustábales lo que no es decible la administracion de esta autoridad de la Revolucion. De repente La Epoca y El Debate, La Esperanza y El Pensamiento Español principian á hablar de perturbaciones y conflictos revolucionarios en Filipinas. No habia llegado el correo: no existia entonces telégrafo: nadie podia saber por dónde ni cómo se habia recibido la noticia. Pero los rumores crecian: los comentarios iban en aumento: el general La Torre era atacado: pedíase al general Prim la separacion de éste, aunque los que lo solicitaban no se atrevian á acceder á los deseos del conde de Reus pidiendo la separacion por escrito y bajo su firma... Pero llega la Mala. No habia sucedido nada.—Esto no obstante, mes y medio ó dos meses despues estaba relevado el capitan general don Cárlos María de La Torre.
Pues bien, ahora no se ha hecho más que seguir igual conducta. Han comenzado las noticias de efecto y han seguido los sueltos y los artículos de sensacion: pero desde el principio al fin no se ha abandonado un instante el camino de las falsedades.
¡Oh! habia ocurrido en Puerto-Rico una cosa grave, muy grave; de nuevo habian sido derrotados en las elecciones los conservadores. Derrota efectiva, por más de que estos se hubieran decidido por el retraimiento, en vista de la inutilidad de sus esfuerzos, aunque bajo el especioso pretesto de que el Gobierno habia intentado y realizado coacciones de todo género.
Hablar de coacciones ellos, que habian hecho unas elecciones bajo la direccion del general Gomez Pulido en Abril de 1872, faltando á todas las leyes y todos los principios, como demostró hasta la saciedad el Sr. Labra en su discurso contra el acta de San Juan de Puerto-Rico[31]; ellos que habian tenido que alquilar casas (como en Mayagüez) para encerrar á los radicales que prendian la víspera ó el mismo dia de las elecciones; ellos que de un golpe habian arrebatado el derecho de sufragio á la cuarta parte de los electores de un distrito (Sabana Grande) so pretesto de insolvencia como segundos contribuyentes, no estando apremiados; ellos, que habian prohibido la publicacion de manifiestos y detenido y preso á sus firmantes (como en San German y Arecibo); ellos que contra el precepto de la ley habian dado curso á espedientes gravísimos de escepcion de contribuciones; ellos, que detuvieron á las puertas de la pequeña Antilla el manifiesto del partido radical de la Península, bajo el pretesto de ser falso en algunos de sus asertos y atentatorio al principio de autoridad; ellos, que obligaron á la prensa liberal á no tratar de asuntos políticos durante el período de las elecciones; ellos, que habian llenado las listas de candidatos con nombres de personas, respetables sin duda, pero absolutamente desconocidas del país y que casi en su totalidad jamás se habian ocupado un solo momento de cuestiones coloniales ni de los asuntos ultramarinos; ellos, que habian separado de los corregimientos y las alcaldías á los hombres de posicion que gratuitamente los desempeñaban, para poner á su frente verdaderos corregidores, con sueldo, émulos de los famosos Desvravadores y Antonets de Ecija y Sevilla; ellos, en fin, que se habian fabricado un censo ad hoc, no aceptando rectificacion alguna del censo de 1871, pero incluyendo á todos los soldados y marinos que habian de votar á gusto de sus jefes...!! ¡Oh! atrevimiento era hablar de las elecciones del mes de Agosto de 1872, en que no hubo un preso, ni un disgusto, ni se negó á nadie el derecho de sufragio, ni se puso limitacion á la prensa, ni se reprendió siquiera por la autoridad á los empleados activos del Gobierno que (como los directores del Boletin y del Don Cándido), no daban tregua en sus periódicos á los ataques á la situacion y á la conducta de la primera autoridad, ó (como los funcionarios de Mayagüez) se unian á los conservadores, sus patronos, para abstenerse en la eleccion, y con esta abstencion realizar un acto político; ó en fin (como los jefes y oficiales de la guarnicion de la capital) resueltamente votaban á un candidato de oposicion, al general D. José Laureano Sanz. ¡Atrevimiento se necesitaba! pero no es atrevimiento lo que falta á los se-dicentes conservadores de Ultramar.[32]
Mas como queda dicho, era grave, gravísimo lo que habia ocurrido en Puerto-Rico. ¡Habian triunfado los radicales! Aquí vendrian estos; la Península los oiria; creeria con justicia que eran los legítimos representantes de la pequeña Antilla; por lo menos lo creeria el partido radical. Y esos diputados hablarian; espondrian sus quejas; esplanarian sus deseos; afirmarian sus derechos. ¡Y horror!!!—se prepararia el advenimiento de las reformas.
Era preciso destruir estas perspectivas. Hacer callar á los diputados,—llamándose estos Sanromá, Blanco, Padial, Labra, Maitin, Cintron, Alvarez Peralta, Moret, Borrell, Soria, Alvarez Osorio, Mosquera....—¡imposible de toda imposibilidad! Y consentir, en el ínterin que al otro lado de los mares continuase echando raices el partido radical por medio de aquella diputacion provincial que con mil cuestiones de competencia habia anulado el general Gomez Pulido, pero que ahora creceria al amparo de la autoridad imparcial, digna y justa del nuevo gobernador superior de la isla D. Simon de La Torre.... ¡ah! esto era más imposible todavía.
VI.
No es del momento hacer la historia del partido conservador de Puerto-Rico. Ocasion oportuna llegará. Pero sí es del caso (aun cuando se haga precisa una digresion) advertir que ese partido no existia antes de la revolucion de 1868 y que de 1869 acá ha sufrido tantos cambios y ha adoptado tantos nombres que apenas si merece ser considerado con seriedad. En otros países, en Cuba por ejemplo, ya la cosa es muy otra. Allí lo mismo en 1820, que en 1840, que en 1854, que en 1868, existió un partido conservador, más ó menos simpático, pero al fin digno de este nombre, con fuerza y autoridad, y que repetidas veces dió señales de vida. Mas en Puerto-Rico nada de esto sucedia. Con aplauso de todo el país, Power, el ilustre diputado doceañista, habia conseguido en 1811 que se suprimieran las facultades omnímodas de los capitanes generales. En 1820 se habia promulgado la Constitucion del 12 en Puerto-Rico, é instaládose y funcionado los ayuntamientos sin oposicion de nadie. En 1836, mientras en Cuba se perseguia á los que proclamaban el código político de Cádiz, era este jurado por autoridades y particulares en la pequeña Antilla. En 1866, cuando el Gobierno de la Metrópoli abrió la célebre Junta de informacion en Madrid, los ayuntamientos (llamémoslos así) comisionaron á cuatro personas, de las que tres principiaron por pedir la abolicion de la esclavitud, con indemnizacion ó sin ella, con organizacion ó sin organizacion del trabajo, y la cuarta solo se atrevió á discutir la oportunidad de la protesta abolicionista. No existia, pues, en Puerto-Rico un grupo de verdaderos conservadores, ni hombre alguno caracterizado por su posicion ó su inteligencia, á cuya direccion pudieran someterse los elementos tradicionalistas del país.
Habia, eso si—y es natural—un número, pequeño despues de todo, de gentes que vivian á la sombra de los monopolios de nuestro régimen colonial, algunos poseedores de cincuenta y hasta cien esclavos, y, en fin, un grupo de no gran valía, de interesados en el statu quo; pero grupo poco importante así por el mérito de las personas cuanto por la monta de los intereses.