"¡Cómo! ¡Quién tan menguado, quién tan miserable, que de tales medios habia de valerse para satisfacer sus pasiones! ¡Cómo de sospecharlo siquiera, lo habiais de consentir aquí! ¡Quién tan villano que hubiera de venir aquí á engañar, estando Cuba donde combatir! Y yo no necesito hacer protestas de ningun género, que nadie tiene derecho á pedirme, que yo no consiento que nadie me exija.—Y lamento haber hablado con cierto calor de este particular. Perdóneme el Congreso la digresion."
"Pero es el caso que esto del españolismo de los unos y del anti-españolismo de los otros es un arma muy del gusto de ciertos conservadores de Puerto-Rico; y el anti-españolismo es afortunadamente todavía un mote denigrativo en la pequeña Antilla, no por los males que pueda acarrear, ni por las persecuciones que pueda atraer, sino porque es una acusacion de deslealtad que afecta gravemente al carácter de los hombres que uno y otro dia sostienen que el interés de la patria no es el interés de un partido determinado, y que con España pueden coexistir en nuestras Antillas la libertad, los derechos, el órden que en las Antillas inglesas, en la Australia y en el Canadá coexisten con el imperio de la Gran Bretaña."
Respecto del apartamiento de las luchas políticas de la Península á poco se levantó en el Congreso el Sr. Fernando de Vida á declarar que era alfonsino, y al caer el ministerio Sagasta, y firmar los conservadores ó constitucionales su protesta contra el partido radical triunfante y la disolucion de las Córtes, aparecian con estos los Sres. Sanz, Sedano, Cortés, Gallostra y demás diputados españoles de la pequeña Antilla: y en la reunion de los constitucionales del teatro Real voceaba, como poseido de la fiebre, el ya famoso cubano D. Antonio Gonzalez Llorente, diputado electo de Mataró y Mayagüez.
Pero llega la cuarta evolucion. Es en Julio. Está en el poder el partido radical. Apróximanse las elecciones de diputados á Córtes y se acerca al ministerio una comision de exdiputados conservadores pidiendo al gobierno que desapruebe (por lo menos) determinadas candidaturas en Puerto-Rico (las candidaturas naturales de la isla) y se ofrecen á conservar en las nuevas Córtes la autoridad de los diputados vascos. El gobierno por de contado desoye tales proposiciones, resuelto á ser neutral como pedian unánimemente los candidatos radicales; y envia á Puerto-Rico de gobernador superior al Sr. D. Simon La Torre y de secretario á D. José Ayuso.
Entonces el partido conservador de la pequeña Antilla toma una nueva actitud, en relacion con la de sus amigos de Madrid. Se llama el partido de españoles sin condiciones y pretende torpemente introducir la division en las filas de los radicales apoyando contra los Labra, los Padial, los Blanco, los Sanromá y tantos otros perfectamente caracterizados á los Sres. Gasset, Herrero, Romero Giron, etc., etc. Tampoco el éxito corona sus esfuerzos y ante la seguridad de la derrota proclaman el retraimiento... allí donde no podian luchar (á pesar de tener suyos los ayuntamientos, las juntas de visita, la casi totalidad de corregidores, la guarnicion y los empleados), en su famosa protesta de 20 de Agosto de 1872: protesta que es solo un ¡ay! lanzado ante la realidad de no poseer todos los medios de influencia y de coaccion que hasta entonces habia tenido el partido conservador: pero nunca una condenacion elocuente y terminante de las condiciones en que vive el elector en Puerto-Rico y de los medios que las leyes, hechas, defendidas y glorificadas por los conservadores mismos, ponen en manos del gobierno, ora contra conservadores, ora contra radicales.
Desde este momento comprende el partido... (¿como se llamará luego?) que tiene perdida la campaña. Su protesta es cuando más la mejor demostracion contra las facultades omnímodas de los capitanes generales: el éxito de la lucha electoral los pone en ridículo: su impotencia en Madrid les arranca los medios de derramar cruces, marquesados y favores de toda especie sobre sus devotos; la conducta enérgica del capitan general los coloca en una actitud humillante; la severidad, la inteligencia y el civismo del pueblo puerto-riqueño compromete su causa—aquella brillante causa que comienza con el manifiesto de Ponce firmado por el Sr. Plaja en 1869 (manifiesto en que se amenazaba á la Metrópoli) y concluye con la inolvidable y celosa administracion del radical Gomez Pulido.
¡La esclavitud peligra! ¡El absolutismo agoniza! ¡Los monopolios se cuartean! ¿Cómo callar? ¿Cómo permanecer tranquilos? ¿Por ventura no pasó algo análogo en Julio de 1871? Pues ¡A las armas! ¡A la sorpresa! ¡A la difamacion! ¡A la calumnia!
Ahí está el general La Torre; pues fuego sobre él. Acúsesele de haberse vendido á los conservadores por treinta mil pesos, para hacerles traicion luego en el período de las elecciones. Acúsesele y es hombre perdido. El gobierno tendrá que separarle y se repetirá la caida del general Baldrich.
Cierto que desde luego resultaria que hay un partido ¡qué partido!!!—en Puerto-Rico que se cree capáz de comprar á la autoridad superior por treinta mil pesos. Pero ¡qué importa! ¿No es ese el mismo partido que en Cuba públicamente ha abierto en las columnas de sus periódicos, y á ciencia y paciencia de la autoridad, una suscricion para pagar á los que en la Península fuesen condenados por nuestros tribunales de justicia por infamantes y calumniadores en la discusion de las cuestiones ultramarinas? ¡Brava cosa! ¡Ya á nadie admiran estos recursos! A todo nos tienen acostumbrados ciertas gentes!!! ¡Adelante! ¡Viva la calumnia!!!