El Conde, viendo á sus hijos
que los dos le han ya faltado,
quiso enviar al tercero,
aunque con temor doblado.
Llorando de los sus ojos
dijo:—Vé, mi hijo amado,
haz como buen caballero
lo que tú eres obligado:
pues sustentas la verdad,
de Dios serás ayudado;