—¿Excepto a ti?
—Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a suplicar.
En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia uno de los balcones.
—¡Es él!—exclamó.—¡El duque de Estrelsau!
Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto, cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y exclamó con agitada voz:
—¿Te parece bien irritarlo así?
—¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?
—Haciéndolo esperar tanto.
—Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...
—¿Es decir, que puede entrar?