—Sin duda, si tú se lo permites.
Flavia me miró con curiosidad.
—¡Qué cosas tienes!—dijo.—Demasiado sabes que mientras estés conmigo no pueden anunciarme a nadie.
¡Valiosa prerrogativa regia!
—No hay nada como la etiqueta—dije.—Pero había olvidado esa regla por completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían anunciarte a ti?
—Lo sabes tan bien como yo—contestó admirada.—Podrían anunciarme, porque soy princesa de la sangre.
—Jamás pude acordarme de todas esas distinciones—dije, en tanto interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.—Pero sabré reparar mi falta.
—Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto, mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.
Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo conduje yo mismo a la habitación inmediata.
—Hermano—le dije,—de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso para conducir a Vuestra Alteza a su lado.