Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oirme hablar de «Miguel» y «Flavia.»
—Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano—observó con fingido interés.
—Sí, me puse a jugar con un perro faldero—dije, resuelto a burlarme de él,—y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.
Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.
—¡Pero esas mordeduras son peligrosas!—exclamó alarmada la Princesa.
—Nada temas, prima mía—dije.—Otra cosa sería si yo hubiese permitido al gozquecillo morderme más profundamente.
—¿Pero, le han dado muerte?
—Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.
—¿Y si lo fuese?—preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.
—Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.