—¿Pero no volverás a jugar con él?—preguntó Flavia.
—Puede que sí.
—¿Y si vuelve a morderte?
—Procurará hacerlo, no lo dudo—contesté sonriéndome.
Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo, llegado a la puerta, se detuvo para decir:
—Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.
Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos. Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.
—Estos caballeros—dijo el Duque con la más graciosa y perfecta cortesía,—son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad, a la vez que fieles amigos míos.
—Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi estimación.
Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés, con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que reprimió en seguida.