—Es decir que el caballero Dechard está en el secreto—pensé.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

—Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...

—¿De qué?

—Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y significa tu vida para...

—¿Para quién?

—Para Ruritania.

¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.

—¿Sólo para Ruritania?—le pregunté dulcemente.

Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.