—Y también para tus amigos—dijo.
—¿Amigos?
—Y para tu prima—murmuró por fin;—tu amante prima.
No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.
Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga, sin cuidarse de los lacayos que le observaban.
—¡Qué diantre!—dijo.—No todo ha de ser conspirar y el amor reclama también sus derechos.
—Lo mismo digo—contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.
IX
una nueva catapulta
No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico, me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra persona cualquiera.