Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una carta, dijo:
—Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo tengo que darle una noticia.
—¿Qué es ello?
—El Rey está en el castillo de Zenda.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis. Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar, tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.
—¿Y bien?
—Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra el castillo, con infantería, caballería y artillería.
—¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en seco?
—Probablemente—refunfuñó Sarto.—Y con eso no hallaríamos ni aun el cadáver del Rey.