—¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?
—Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados, sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel. Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.
—Yo seré quien vaya a Zenda—dije.
—¿Está usted loco?
—Repito que iré, algún día.
—Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.
—¡Oh, eso está por ver!—repuse con arrogancia.
—Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van los amores?
—¡Silencio!—exclamé.
Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso: