—Me siguen por todas partes media docena de espías.

—Ya lo sé; yo se lo tengo mandado—contestó muy tranquilo.

—¿Y a qué viene eso?

—Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted. Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.

—Yo me basto para defenderme.

—De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos, joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente. ¿Qué dice esa carta?

La abrí y leí en alta voz:

«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla. Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen, entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie; va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no perdona.»

—No—comentó Sarto;—pero también sabe dictar una carta muy zalamera.

Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas escritas al dorso: