A la verdad, eran repartimientos violentos y tiránicos, propios sólo para enriquecerse dichos jefes, y abismar más y más en la miseria á los indios, porque les hacían tomar violentamente artículos que ellos para nada necesitan, y á precios exorbitantes, poniendo trabas á cualquiera otro individuo español, de poderlos habilitar con utilidad del indio, exenta de vejaciones abominables, en cuyo supuesto estriba la opinión de la negativa. La afirmativa rueda sobre que si al indio no se le obliga con rigor al trabajo, nada hace de provecho por su indolencia natural y pocas necesidades para subsistir á su modo, y que mediante este principio, los Alcaldes mayores por su interés propio y codicia, los apremiaban á que trabajasen para pagarles, siendo el resultado, que á pesar de esta tiranía clásica, trabajaban, algo les quedaba, y los hilados y frutos que se vendían en la capital por cuenta de los repartidores, beneficiaban al público.
Abusos en las cofradías.
Estas congregaciones (dice), según el verdadero espíritu de su primitiva invención, son excelentes y útiles, tanto en razón de moral cuanto en línea de política. Reunir al pueblo por turnos al pié de los altares, suministrarle ideas y vínculos de dependencia bajo el aspecto más agradable y sagrado, divertirlo y complacerlo en el seno mismo de la piedad, hacerle gastar en cosas honestas y de gusto, enseñarle á tener fondos públicos, á aumentarlos, á socorrerse con sus productos, son objetos muy finos, muy dignos de que agradezcamos á los primeros conquistadores la atención que ponían en extender, consolidar y cubrir de flores el imperio de su nueva dominación.
Pero en esta provincia se han alterado infinito las circunstancias y método de las cofradías, y éstas han llegado á ponerse en un pié el más ruinoso para su población y agricultura. Por decontado, ninguna de estas cofradías tiene fondos, y todos los gastos generales é individuales, deben salir de la contribución, de la derrama, de la limosna, del sacrificio del cofrade. En segundo lugar, su número no es proporcional al vecindario de los pueblos. Cuando éstos tenían triple cantidad de familias contaban v. g. diez cofradías cada uno: las mismas diez se han conservado, aunque la gente ha disminuído en razón de tres á uno. Por consiguiente, el artículo de cofradías se ha hecho más pesado, en razón de uno á tres. En esta cabecera, que apenas tiene trescientos tributarios, hay diez cofradías y noventa y seis individuos en ellas. (San Antonio Suchitepéquez).
Los gastos de un cofrade regularmente sobrepujan al alcance de sus fuerzas. Una pobre india molendera ó mujer de un jornalero infeliz, tiene que gastar cuando menos ochenta y un pesos al año. Ahora, pues, una molendera gana doce pesos al año ó á lo sumo diez y ocho. Un machetero gana cincuenta pesos, y es menester para ello que sea buen trabajador, ¿con qué comen, con qué visten estos miserables en el discurso del año de la cofradía? Es verdad que algunos salen de este ahogo vendiendo ó empeñando su cacaoatal, pero pocos y pocas tienen este recurso y sólo les queda el de robar y prostituirse, después de haberse agotado todos los demás, de vender y venderse.... Estos inconvenientes y otros análogos, que omito, resultan de las cofradías en el pié en que están de no tener fondos productivos y propios, de ser demasiado numerosas, y ocasionar gastos excesivos.
No obstante, todo ello sería llevadero si los pobres contribuyentes pudiesen trabajar mientras les dura esta obligación. Siquiera ganarían parte de lo que han de gastar; pero lo peor es, que desde que entran en cofradía hasta que salen, quedan vinculados exclusivamente en la sacristía............
Abuso en el servicio de sacristías.
Una iglesia parroquial en España está perfectamente aseada y servida por un sacristán y un par de monacillos, y en la de los anexos no hay más que un sacristán. Por consiguiente, las seis parroquias, los diez anexos de esta provincia, no ocuparían en Europa más de veintiocho hombres. Aquí ocupan, además de las cofradías, doscientos cuarenta y ocho indios. Todo este número de indios no se desprende de los balcones y corredor de la sacristía, y allí vegetan silenciosos y miserablemente á la sombra del campanario, olvidados de sus trabajos, y esperando que sus mujeres les lleven allí mismo la comida diaria, gánenla donde la ganaren.
Cuando un indio de éstos acaba su año de sacristía ó de cofradía, además de quedar arruinado, y lleno de deudas, ya no vuelve con el amor de antes á su antiguo trabajo del monte. Un año entero de retiro, de sueño y de inmovilidad, entorpeció el juego de sus músculos, y le inspiró un gusto que no tenía para residir en el pueblo, y abandonarse en él á todos los resultados de una vida sedentaria é inactiva.[169]