Abuso en el servicio parroquial.
Los mismos fatalísimos productos saca un indio del tiempo que invierte en el servicio parroquial. Si en este objeto se emplearan solamente dos ó tres indios, tendrían ocupación suficiente; pero su número es excesivo. ¿Será creíble que para el servicio individual de los dos Padres Curas y dos coadjutores, que tiene esta provincia, se dediquen diaria y exclusivamente ciento treinta y cuatro hombres, sin contar las mujeres? Ello es dificultoso de creerse; pero por desgracia es matemáticamente cierto y verdadero. El servicio de la Casa Real ocupaba doce, y quedó reducido á tres, por el autor de estas reflexiones.
Ninguno de estos empleados gana un cuartillo, y en llegando la hora de comer van á buscarlo á sus casas. No sé adivinar qué coman ni de dónde les venga, estando de fuerza con los brazos cruzados: si sé que uno solo de estos curas manda dar tortillas.
Como antiguamente estos pueblos eran tan populosos y administrados por conventos de religiosos, no es extraño se adjudicase tanto número de indios á su servicio personal y doméstico. Con el discurso del tiempo, los pueblos han ido perdiendo su vecindario, un solo sacerdote secular ha entrado á desempeñar las veces de una comunidad regular; no obstante, ha quedado en la trena el mismo número de sirvientes, y ha quedado en el mismo pié de ociosidad y de hambre. Iguales causas han influído para que las raciones diarias de víveres que estos indios dan á sus P.P. Curas sean sumamente crecidas. Mi antecesor D. José de Alvarado, hizo de orden superior, una cuenta de lo que importaban en los seis curatos de la provincia. Estas raciones reducidas á valores numerarios, y aun calculando su importe por términos bajísimos, halló que pasaban de diez y siete mil pesos anuales, cuya cuenta debe existir original en los Archivos de la Real Audiencia.
Yo no hablaré nada sobre el particular de raciones, porque mi objeto no es averiguar cuánto dinero pierden los indios en este ó en otro punto, sino cuántos indios dejan de trabajar en el cultivo de la tierra, por esta ó aquella distracción inútil á la agricultura.
En el planito siguiente, trazo la cuenta de cuántos indios se ocupan en las noventa raciones de zacate[170] y en las cincuenta de leña que los indios dan diariamente á sus P. P. Curas; y me asombro al ver que este pequeño y único ramo tiene embarazados doce mil setecientos setenta y cinco jornales.
| Tercios. | de leña. | De zacate. | Total |
| Al Cura de Mazatenango | 4 | 16 | 20 |
| Al de Cuyotenango | 8 | 20 | 28 |
| Al de Zambo | 4 | 8 | 12 |
| Al de Rctalhuleu | 6 | 12 | 18 |
| Al de Samayac | 4 | 10 | 14 |
| Al de San Antonio Suchitepéquez | 6 | 6 | 12 |
| Al Coadjutor de San Sebastián | 12 | 14 | 24 |
| Al de Santo Domingo | 6 | 6 | 12 |
| Total de raciones | 50 | 90 | 140 |
Según esta cuenta, en la que no se incluyen las contribuciones extraordinarias, ni las que sufragan los semaneros, resultan ciento cuarenta raciones al día, y cincuenta y un mil ciento al año. Supóngase que un indio puede desempeñar la tarea de buscar, hacer y traer cuatro tercios al día, (que no es suponer demasiado) y reduciendo este número de raciones á jornales efectivos, sale demostrado que el zacate y leña de las raciones, invierten un trabajo equivalente al de doce mil setecientos setenta y cinco jornales. Por toda esta faena no ganan los indios más que tal cual piquete de culebra, mojarse, embarrancarse, darse algún hachazo, ú otra semejante adeala, pues como van al monte muy precisados en todo tiempo, y en toda hora, no pueden proceder con todas las precauciones ordinarias, para libertarse de los encuentros de los reptiles venenosos, ni de las intemperies de la estación, ni de todos los demás productos de la prisa y del miedo.
En estos mismos tiempos de infelicidad, y con las mismas causas que acabo de insinuar, se han establecido otras costumbres onerosas á los pobres indios. Una de ellas es que en todos los curatos se destinan unas cuadrillas numerosas, con el nombre de pescadores, los cuales salen de sus pueblos precisamente el domingo de quincuagésima, van á establecerse á orillas de los ríos caudalosos, en los parajes más solitarios, y allí se mantienen pescando hasta el sábado santo, á su costa, sin ganar un medio, con la pensión de enviar diariamente al P. Cura cuanto pescado vayan cogiendo, y con la otra pensión, más terrible, de deberlo llevar fresco, y para esto tienen unos corredores, que van y vienen continuamente. Ello es para las raciones de toda la cuaresma, que para todos los viernes del año hay otros pescadores que se ejercitan en lo mismo, dos días cada semana, y después se aumentan, cuando ocurren vigilias ó témporas. Parecerá esto frívolo, pero véase en el planecito número cinco, que esta bagatela hace perder á la agricultura de la provincia nueve mil quinientos ochenta y cuatro jornales al año. Los cinco mil ochocientos cuarenta de ellos son los más preciosos para la subsistencia del país, porque la estación cuadragesimal en que se pierden, es cabalmente la de las rozas y siembras. El miserable indio, que en este tiempo va á pescar, se queda sin milpa,[171] que quiere decir, sin el recurso de su primera necesidad.
Otra de estas costumbres injustas, es la de enviar de balde á los indios á llevar los tributos á la capital. Es verdad que este dinero es del rey; pero el rey paga á quien le sirve. Con los mil trescientos veinte jornales que se pierden en esto, según el plan número 6, había para mantener limpio anualmente un cacaotal de seiscientas sesenta cuerdas.