La distribución de la riqueza es uno de los factores del progreso. Cuando ésta se estanca en pocas manos, sufre la colectividad. "La dicha del Estado, dice el economista Droz, depende menos de la cantidad de riquezas que posee, que de su oportuno repartimiento. Supongamos dos naciones igualmente pobladas, de las cuales la una tiene dobles riquezas que la otra: como estén mal distribuidas en la primera y bien en la segunda, ésta alcanzará mayor grado de felicidad. Ningún país es tan notable como la Inglaterra bajo el aspecto de la producción: en Francia la distribución es más ventajosa, y concluyo de aquí que hay mayor masa de felicidad en Francia que en Inglaterra.
Para que la distribución sea copiosa, es de apetecer que la producción sea considerable. Mas acaece con frecuencia que una idea extraña sorprende nuestro espíritu y se ingiere, sin notarlo, en nuestras reflexiones en lugar de otra: así, ciegos ante la prosperidad pública, no pensamos más que en ella, y á fin de acrecentarla, nos ocupamos en examinar cómo pueden multiplicarse las riquezas: bien pronto lo olvidamos todo, menos las riquezas: el medio se convierte en fin, y la felicidad es desatendida. La facilidad con la cual se operan estos cambios de ideas es una sentina de errores. Un distinguido escritor de economía política, Ricardo, toma la pluma para ser útil á sus semejantes; pero arrastrado por sus cálculos, con frecuencia parece olvidar á los hombres, y no tomar en cuenta más que los productos. Asienta, v. gr., que en un país ocupado por diez millones de habitantes, bastando el trabajo de cinco millones de entre ellos para alimentarlos y vestirlos á todos, nada ganaría con aumentar su población hasta doce millones, siendo necesario siete de éstos para obtener iguales resultados.[181] Muéstrase, pues, indiferente á que existan dos millones de hombres ó no existan, si el producto fuere el mismo. Al leer las obras de ciertos economistas, no parece que las riquezas sean hechas para los hombres, sino los hombres para las riquezas.
Bien distribuídas, elevan á los habitantes de un país á una posición favorable, para crear otras nuevas. Si al contrario, la distribución es de tal suerte viciosa, que unos no tengan casi nada, y los otros lo tengan casi todo, falta á los primeros el estímulo para alentar la industria, y los segundos carecen de la posibilidad de hacerlo: entonces todo se agosta, se embota la inteligencia, y los hombres no aciertan á procurarse ni placer ni trabajo. Durante el régimen feudal, el fausto de los señores consistía en rodearse de numerosos domésticos, y su pasatiempo favorito era la caza. Para satisfacer estas necesidades, bastaba la renta de sus dominios mal cultivados y la vasta extensión de sus parques. Las artes les merecían desprecio, y los pobres vasallos, ni aun podían excitar sus deseos con variedad de productos. No parece sino que no hay medio alguno de salir de un estado tal de ignorancia y de miseria, si la experiencia no nos revelase qué cambios prodigiosos puede obrar, á la larga, una serie de causas y de efectos, que se hacen causas á su vez y producen efectos siempre más notables. Sucede, andando el tiempo, que algunos vasallos más inteligentes que el resto, presentan en los castillos las primicias de una naciente industria: sus ganancias infunden aliento, y su ejemplo tiene imitadores. Los grandes propietarios vislumbran que pueden existir placeres hasta entonces ignorados. Los que viajan, los que se alejan por causa de las guerras, quedan absortos á la vista de objetos que les agradan y que desearían encontrar también en su país. Sensibles á deseos nuevos, conocen la necesidad de aumentar y de emplear de un modo distinto sus rentas: se interesan por los progresos del cultivo, á fin de doblar el rendimiento de sus posesiones, despiden pajes y sus sueldos se cambian en salarios de artesanos. La industria despierta, la miseria disminuye, la inteligencia se desarrolla, los capitales se forman, y el trabajo cobra un realce nuevo. En estos cambios afortunados la distribución de las riquezas se presenta, ya como efecto, ya como causa; hija de la industria, se convierte en su custodio y su motor.
Conviene admitir una excepción al principio que hace depender en gran parte la producción de las riquezas de su oportuna distribución. Hay parajes en donde están repartidas de la manera más viciosa, y sin embargo, la producción es considerable. Para realizarse este fenómeno son precisas dos circunstancias: la una es que los hombres que lo tienen todo sean inteligentes: la otra que los que nada tienen sean esclavos. Entonces dichos países se parecen á un vasto taller provisto de máquinas vivas, á las cuales seres industriosos dan movimiento. Tales son esas extensas colonias, en donde el europeo condena á los negros á extenuarse por él. No tratemos de probar que el trabajo de los hombres libres cueste menos que el de los esclavos: admito este hecho como dudoso. Acaso, bajo un cielo abrasador, el hombre libre trabajaría menos que el esclavo: acaso la superioridad de su inteligencia no ofrecería una suficiente compensación ¿Qué importa que estas conjeturas sean fundadas ó no? Las cuestiones relativas á la libertad y á la dignidad del hombre, ¿son cuestiones mercantiles? Cuando los partidarios del tráfico de los negros, ó de los mandamientos de los indios, encomian las ganancias de que les son deudores y se imaginan justificarlo así, creo ver á los ladrones reclamando la impunidad, porque prueban que sus crímenes les son lucrativos.
Apresurémonos á observar que una producción abundante no puede ser obtenida por el medio execrable de que acabo de hablar, sino cuando sea el trabajo tan sencillo que los obreros no tengan necesidad de inteligencia. Si se pretende que un país sea fecundo en productos variados, es indispensable poblarle de hombres industriosos y garantirles el goce del fruto de sus afanes. Así la excepción confirma el principio de que: "la buena distribución de las riquezas es un medio eficaz de multiplicarlas."[182]
Si se quiere engrandecer al país, es preciso que no sean los indios, (es decir más de las dos terceras partes de la población) para unos pocos monopolistas; que no sean los indios para la riqueza, sino la riqueza para distribuirse económicamente entre todos, según su trabajo y actividad. A cada uno según su capacidad y según sus obras, como decía el gran economista francés.
En vez de esa Ley de Trabajadores, que es absurda y viciosa, decrétese un Código Rural, un cuerpo filosófico de leyes, como lo hay en la república Argentina y en otras partes, que, calcado sobre la libertad del trabajo, estatuya todo lo relativo á los deberes, derechos y obligaciones que entre los peones y patrones existan; los deberes de estos últimos entre sí, para no arrebatarse al trabajador que ya tiene compromisos; las habilitaciones que se pueden dar, y la manera de hacerlas efectivas;[183] la policía rural, que garantice la agricultura; las prescripciones especiales á los dueños de tierras; las marcas y contra-marcas; los tránsitos con animales; las cercas; el abijeato; las rondas; las servidumbres; los caminos; las armas lícitas y prohibidas; la vagancia; las penas; las prevenciones á las autoridades políticas; las funciones especiales de los Jueces de Agricultura; el trabajo de los indios; las cuestiones de salarios; los trámites fáciles para decidirlas; los juegos de azar; las bebidas embriagantes, etc.[184].
Un buen Código Agrícola promovería de una manera asombrosa la agricultura en Guatemala, ya que no puede dejar de ser fenomenal que tengamos códigos que reglamenten hasta la marina del país (que no existe), y no hayamos pensado en lo que más se necesita: en el conjunto metódico de leyes que reglamente y garantice todo lo relativo á las personas rurales y á la propiedad rural, en un país como el nuestro, esencialmente agrícola.
La estatua que se levantará á Fr. Bartolomé de las Casas, debía llevar ese libro en la mano, con un mote que dijera: ¡Quedan abolidos los mandamientos! ¡Son libres al fin los indios! ¡Se trabaja por su civilización!
"Ya que viven tristemente
bajo la choza ó la tienda,
labrando la ajena hacienda
con el sudor de su frente:
¡Sin esperanza y sin luz!
¡para su existir precario,
cada hacienda es un calvario,
cada cafeto una cruz!"[185]